Ya estábamos instalados en la villa de Jarabacoa, y debo decir que el lugar era un paraíso terrenal. El aire olía a montaña, a café recién molido y a tierra húmeda. Desde mi habitación se podía ver el paisaje verde, con el río al fondo y las luces del atardecer colándose por las cortinas. Todo era perfecto… menos la compañía. Mi padre, Ernesto, andaba feliz, con esa sonrisa radiante que no se le borraba desde que llegamos. Tamara, por su parte, parecía salida de una portada de revista: vestidito de lino blanco, cabello suelto y ese perfume que dejaba su rastro por toda la casa. Y Cris… bueno, Cris seguía siendo Cris. Misterioso, callado, y con esa actitud de que todo lo sabe y nada le importa. Pasé toda la tarde encerrada en mi habitación, viendo videos y hablando con mis amigas. No tení

