La sala de la mansión estaba silenciosa, pero en mi pecho sentía un rugido que no podía controlar. Tamara estaba a mi lado, mirando con ojos grandes y la mandíbula tensa, sosteniendo el teléfono que acababa de mostrarme la última ubicación de Ámbar. —Ernesto… —dijo con voz firme, pero cargada de preocupación—. ¿Tú ves esto? Ellos… se fueron. Mi corazón se detuvo un segundo y luego volvió a latir con fuerza. Tomé el teléfono y observé la confirmación: el vuelo, la hora de despegue, todo coincidía. No había duda. Mi hija, mi princesa… se había escapado con Cris Lombardi, mi hijastro, a Europa. —¿Cómo pudo pasar esto? —pregunté entre dientes, intentando mantener la calma—. ¿En qué estaban pensando? Tamara soltó un suspiro profundo, caminando de un lado a otro con las manos en la cadera. S

