El sonido de un motor rompiendo el silencio de la tarde me sacó de mis pensamientos. Me encontraba en el comedor, tratando de distraerme con una revista de moda que ni siquiera estaba leyendo, cuando escuché cómo un vehículo se detenía frente a la mansión.
Me levanté de inmediato y caminé hasta el ventanal del segundo piso. Desde ahí podía ver la entrada principal. Un taxi elegante se había estacionado, y de él bajó un muchacho alto, rubio, con un porte tan seguro de sí mismo que parecía que el mundo entero giraba a su alrededor. Llevaba una camiseta blanca ajustada que dejaba ver los tatuajes que le trepaban por los brazos hasta el cuello, y unos jeans negros que acentuaban su caminar relajado y arrogante.
—¿Y quién carajos es ese? —solté en voz baja, con los brazos cruzados, mientras fruncía el ceño.
Y entonces lo recordé: coño, ese debe ser mi disque hermano, el tal Cris.
Los empleados comenzaron a moverse de inmediato, abriendo la cajuela del taxi y sacando maletas de diferentes tamaños, todas de marca. Se notaba que el tipo venía con dinero, con estilo, con ganas de marcar territorio. Yo observaba cada detalle desde la ventana, con una mezcla de rabia y curiosidad.
Maldita sea, pensé, apretando la cortina con fuerza. ¿Quién se cree para llegar con esa pose de dueño del mundo?
Fue entonces cuando vi a mi padre, Ernesto, salir al recibidor acompañado de Tamara. No me quedó de otra más que bajar corriendo las escaleras, aunque sin mucho ánimo, porque lo que menos me nacía era darle la bienvenida a un intruso. Yo no era hipócrita, y esas reuniones forzadas nunca me han gustado.
Me quedé en el marco de la puerta del recibidor, apoyada contra la pared, mientras ellos sí se acercaban al recién llegado con sonrisas de oreja a oreja.
—¡Cris, hijo! —dijo mi padre, abriendo los brazos para recibirlo con un abrazo fuerte—. Tu madre me ha hablado maravillas de ti.
El rubio se inclinó hacia él con esa seguridad que me estaba irritando ya, y le devolvió el gesto.
—Eso le dijo ella, ¿eh? —respondió con una media sonrisa pícara.
Yo me quedé ahí, en silencio, tragándome mis palabras, mientras mi padre reía como si de verdad hubiera escuchado el mejor chiste del día.
Después, Cris se giró hacia su madre. Se abrazaron con fuerza, como si llevasen años sin verse.
—Madre —dijo él, y en su voz había un tono cálido que no se parecía en nada a la arrogancia que había mostrado con los demás.
—Es un gusto tenerte de vuelta, hijo —respondió Tamara, acariciándole el cabello con ternura.
Yo rodé los ojos. Ay, por Dios, qué novela barata, pensé. Me hervía la sangre solo de verlos.
Finalmente, todos entramos a la casa. Yo permanecía detrás, a un par de pasos, observando cómo Cris recorría el vestíbulo con la mirada, evaluando cada cuadro, cada mueble, cada detalle de la decoración, como si estuviera decidiendo si la mansión estaba a la altura de sus estándares.
No aguanté más. Me acerqué con los brazos cruzados, obligándome a hablar con la mayor calma posible.
—Hola —dije, mirándolo de arriba abajo—. Supongo que tú eres Cris.
Él me sostuvo la mirada sin titubear, con esa sonrisa descarada que parecía un reto.
—Así es. Y tú debes de ser Ámbar, ¿verdad?
—Sí —respondí seca, alzando la barbilla—. Bienvenido… con arrogancia.
Él sonrió de lado, divertido, como si disfrutara de mi actitud desafiante.
—Gracias. Espero que podamos llevarnos… lo mejor posible.
Esa frase, con ese tono seguro y provocador, me provocó un escalofrío que recorrió toda mi espalda. No lo quería admitir, pero había algo en él que resultaba peligroso y magnético al mismo tiempo.
Mientras tanto, los empleados seguían entrando con sus maletas. Cris caminaba por la sala principal, haciendo comentarios en voz baja, como si estuviera dando un veredicto. Se acercó a la mesa de mármol, acarició con los dedos el borde, y luego giró hacia la piscina que se veía a través del ventanal.
Maldito presumido, pensé. Camina como si ya fuera el dueño de todo esto.
Tamara interrumpió mis pensamientos.
—Tu habitación está al final del pasillo, cariño —dijo, señalando hacia el segundo piso—. Justo al lado de la de Ámbar.
Yo abrí los ojos como platos.
—¿Perdón? —dije, girándome hacia ella—. ¿Al lado de mi habitación?
Cris soltó una risita, claramente disfrutando de mi incomodidad.
—Perfecto —dijo con voz segura, clavándome la mirada—. Espero que no te moleste tener un vecino un poco ruidoso.
Lo fulminé con la mirada, pero no iba a darle el gusto de verme molesta.
—No me importa —mentí, fingiendo indiferencia.
Él se quedó unos segundos más en el vestíbulo, mirándome de una forma que mezclaba curiosidad con diversión. Luego se encogió de hombros y se giró hacia las escaleras.
—Bueno, Ámbar, parece que nos veremos mucho este verano —dijo, como quien deja caer una bomba.
—Sí… maldita sea —murmuré en voz baja, asegurándome de que solo yo me escuchara.
Lo vi subir lentamente los escalones, con esa confianza irritante que hacía que cada paso suyo pareciera calculado. Las puertas se cerraron tras él y el silencio volvió a la casa, interrumpido solo por el eco de mis propios pensamientos.
Me quedé ahí, con los brazos cruzados y el corazón latiendo como un tambor.
Entonces mi padre entró desde el pasillo, con ese porte serio y calmado de siempre.
—Ámbar —dijo, deteniéndose frente a mí—. Sé que todo esto puede ser mucho para ti de golpe, pero quiero que entiendas que Cris va a estar aquí con nosotros. Quiero que lo trates con cortesía.
Lo miré con incredulidad.
—¿Cortesía? —repetí, alzando la voz—. ¿Después de que me ocultaste tu matrimonio y ahora me traes un hermano de paquete que ni conozco?
Él frunció el ceño, serio.
—Ámbar, te estoy pidiendo respeto. No es negociable.
Lo único que pude hacer fue apretar los labios y cruzar aún más los brazos.
—Está bien, papá. Si tú lo dices —contesté al fin, aunque por dentro hervía de rabia.
Él asintió, satisfecho, y se fue hacia su despacho como si nada hubiera pasado. Yo me quedé sola, mirando hacia el pasillo por donde se había ido Cris.
Me apoyé contra la pared, con la mente llena de preguntas.
¿Qué clase de tipo es este? ¿Qué mierda hace aquí, invadiendo mi espacio, mi casa, mi vida?
Sabía, en el fondo de mi pecho, que Cris no era alguien fácil de ignorar. Su presencia se sentía como un desafío, una amenaza… y al mismo tiempo, como una tentación.
—Maldición… —susurré, cerrando los ojos.
Este verano iba a ser una condenada guerra.