~Connor~
—¿Connor?
Era la voz de Nathan. Mi amigo más cercano. Lo invité a venir para hablar de negocios.
Él había bajado del nivel superior en algún momento sin que yo me diera cuenta, y ahora estaba a unos metros de distancia con un vaso de algo ámbar en la mano y su esposa acurrucada a su lado.
Sus ojos estaban entrecerrados por la preocupación, la cabeza inclinada como si me estuviera observando. Nathan fruncía el ceño, con las cejas bajas mientras se acercaba.
—Jesús, amigo. ¿Estás bien? Estás sudando a mares.
Parpadeé, apartando mi mirada de Lily con toda la fuerza de un hombre que intenta liberarse de un maldito trance. Miré a Nathan, luego rápidamente pasé una mano por la parte posterior de mi cuello. Mi camisa se estaba pegando a mi espalda. Mis palmas estaban húmedas. Mi garganta estaba completamente seca. No era el sol. No era el calor. Era ella.
—Estoy bien —dije, y mi voz salió baja, áspera, tan obviamente no bien que hizo que Nathan levantara una ceja.
—No te ves bien —dijo suavemente su esposa, Delilah. Se inclinó hacia adelante y colocó una mano fresca en mi antebrazo, y casi me estremecí por el contacto—. Te ves como si hubieras visto un fantasma. O… algo peor.
Forcé una sonrisa. O tal vez no. Ni siquiera estaba seguro de lo que estaba haciendo mi cara en ese momento. Todo se sentía tenso, apretado, caliente. Seguía duro. Aún dolorosamente, desesperadamente, duro.
El contorno de mi polla se estaba hundiendo en la cremallera de mis pantalones y sabía que si no me daba la vuelta y me alejaba, empeoraría. Miré por encima de mi hombro y, por supuesto, ella seguía allí.
Lily.
Ella se había acercado a la barandilla ahora, de espaldas a mí, inclinándose ligeramente hacia adelante mientras miraba sobre el agua. La curva de su trasero se marcaba, haciendo que ese vestido blanco se subiera aún más alto en sus muslos.
Una brisa, una ráfaga fuerte, y vería todo. Vería si llevaba algo debajo. Vería la forma de su coño embriagado por el calor delineado en suave algodón y sol.
—Necesito agua —dije de repente, interrumpiendo a Nathan antes de que pudiera decir algo más. Pasé una mano por mi cabello, que ya estaba húmedo en las raíces—. Hace demasiado sol.
Delilah me miró con preocupación, pero Nathan se rio y me dio una palmadita en el hombro.
—No eres tan joven como solías ser —bromeó—. Probablemente necesitas moderarte con el bourbon y la vista.
Solté una risa aguda, seca, sin humor, y asentí.
—Sí. La vista es mucho para procesar.
Me di la vuelta, ya caminando hacia el interior del yate. Necesitaba espacio. Necesitaba frío. Necesitaba encerrarme en mi cabina y masturbarme con la imagen de ella caminando descalza hacia mi vida como una maldita tentación envuelta en algodón blanco y muslos desnudos.
Porque si no lo hacía, si me quedara allí un segundo más…
Iba a acercarme a ella, agarrarla por las caderas, empujarla contra la barandilla y follarla hasta que la tripulación oyera sus gritos.
***
Cerré la puerta de mi cabaña privada y la bloqueé. En el segundo en que me giré, abrí mi cinturón de un tirón y bajé mis pantalones lo suficiente para liberar mi polla.
Se levantó gruesa y enojada, ya brillando en la cabeza. Solté un largo gemido y me incliné contra la puerta, mi pecho subía y bajaba como si hubiera corrido por una maldita zona de guerra.
—Joder —susurré, envolviendo mi mano alrededor de la base de mi polla y apretando fuerte, tratando de aliviar la desesperación que inundaba mi sistema.
Pero en el segundo en que cerré los ojos… ella estaba allí. Lily. Ese maldito vestido. Esos pechos rebotando sin sujetador. Esa maldita sonrisa inocente como si ni siquiera supiera que su aroma me arrastraba al borde de la locura.
Mi mano comenzó a moverse antes de que siquiera me diera cuenta. Golpes largos. Ajustados. La imaginé de rodillas. Boca abierta. Ojos grandes y llorosos mientras luchaba por tragarse mi polla como una buena Omega puta.
Ahora gemí más fuerte, mis caderas empujando hacia adelante en mi propio agarre.
La imaginé gimiendo debajo de mí, una pierna sobre mi hombro, su coño estirado mientras le metía los dedos y la hacía venir una y otra vez hasta que suplicara por mi nudo.
Me imaginé agarrándola por el cuello, presionando su cara contra el colchón, y golpeándola desde atrás mientras gritaba “Papi” y temblaba por la fuerza de ello.
La imaginé dándole la vuelta, lamiendo sus muslos, su clítoris, luego dándole una bofetada en su coño solo para verla llorar y abrir más las piernas por más.
—Oh joder —gruñí, mi voz ronca, mi pecho agitado—. Oh joder, Lily, joder.
Estaba jadeando como un maldito animal salvaje. Mi mano bombeaba más fuerte, más rápido, más áspero. Podía sentir las venas de mi polla abultándose contra mi palma, sentir el fuego corriendo por mi columna, sentir mis bolas apretándose por debajo como si estuvieran a segundos de liberar una maldita inundación.
No podía dejar de imaginarla.
La vi en mi cama, piernas abiertas, ojos grandes y labios temblorosos mientras abría sus muslos. Su coño estaría brillando, intocado, rosa y apretado e hinchado de necesidad.
Le metería dos dedos solo para escuchar cómo gritaba, luego usaría mi pulgar para frotar su clítoris hasta que suplicara por ser llenada.
La vi con la respiración entrecortada, su voz quebrándose al susurrar “Por favor, papi, lo quiero, lo quiero todo”.
—Joder, sí, justo así, gatita. Justo así —gemí, golpeando mi cabeza contra la puerta mientras mi v***a saltaba en mi mano.
Seguí masturbándome. Mi agarre era brutal. Mi ritmo era salvaje. Necesitaba esto. Necesitaba venirme. Necesitaba liberar la jodida hambre acumulada de semanas que había enterrado bajo camisas, modales y sonrisas paternas falsas. Ya no pensaba como un hombre. Pensaba como un Alfa. Pensaba como una bestia que había visto a su Omega y estaba perdiendo la jodida cabeza.
Imaginé agarrarla por detrás, tirar de su vestido sobre su trasero y clavar mi polla en ella tan fuerte que el aliento se le escapara de los pulmones.
La imaginé sollozando mi nombre mientras la abría, mi nudo hinchándose dentro de ella, manteniéndola sujeta mientras su pequeño coño me ordeñaba hasta la última gota.
Masturbé más fuerte. Gruñí. Maldije.
—Oh joder, oh joder, oh joder, Lily… Voy a venirme-
Mi mano volaba sobre mi polla, resbaladiza con pre-semen, gruesa y enrojecida, temblando en mi palma como si ya supiera que le pertenecía a ella.
Estaba jadeando, sudando, encorvado ligeramente mientras mis caderas se movían hacia mi puño como si estuviera empujando en su pequeño coño empapado y no en mi propia mano.
Aceleré mi ritmo, apreté mi agarre, exprimí la cabeza de mi polla con tanta fuerza que el placer se volvió agudo, ardiente, sucio.
—Oh joder, oh joder sí, oh joder ese trasero… no puedo esperar para darle una nalgada.
Lo imaginé. Ella inclinada sobre el escritorio del capitán, desnuda de la cintura para abajo, sus muslos temblando, su coño empapado, rosa e hinchado, solo esperando.
Su trasero era redondo, suave y alto, esa pequeña curva perfecta hecha para ser castigada. Me vi agarrando ambas nalgas con mis manos, abriéndola, escupiendo en su agujero, y luego dándole una nalgada hasta que rebotara y se pusiera roja bajo mi palma. Ella gemiría a través del dolor, mordería su labio, se arquearía hacia atrás pidiendo más.
Apreté los dientes y masturbé más rápido, más fuerte, mis músculos se tensaban.
—Voy a darte una nalgada hasta que llores, gatita —gruñí entre dientes—. Luego te voy a follar por detrás, voy a estirar ese coño alrededor de la polla de papi hasta que gotees y estés repleta.
Mis bolas estaban tan apretadas que pensé que se romperían. Ahora bombeaba mi polla con ambas manos, una envuelta alrededor de la base, la otra girando sobre la cabeza, resbaladiza, furiosa y empapada en mi propia suciedad.
No me importaba cómo me veía. No me importaba cuán ruidoso era. Era un hombre perdido en la lujuria, ebrio de su aroma, de su imagen, de su inocencia.
—Voy a inclinarte sobre la ventana, hacer que grites mi nombre mientras todo el jodido océano te escucha ser arruinada —siseé—. Voy a follarte con mis dedos primero. Uno. Luego dos. Luego tres hasta que ese pequeño coño pida más.
Mi respiración titubeó. Mis muslos se bloquearon.
—Luego te lo meteré, despacio, todo. Cada jodido centímetro.
Podía escuchar su voz en mi cabeza. Podía escucharla gemir “Papi, por favor, más, lo necesito, necesito tu polla…”
Eso fue todo.
Perdí la cabeza.
Todo mi cuerpo se tensó cuando el orgasmo me golpeó como un puto camión. Mi polla se sacudió en mi agarre y gruesos y calientes chorros de semen salieron de mí, derramándose sobre mi estómago, mi mano, mi camisa, golpeando el suelo en pesadas y húmedas salpicaduras.
Gruñí profundo y fuerte, con la cabeza tirada hacia atrás y el pecho agitado. Seguí sacándome hasta la última gota, las caderas temblaban con cada pulso, el semen salpicaba de mí como si no me hubiera venido en meses.
—Mierda, sí, tómalo… toma todo el semen de papi, todo, te voy a llenar, gatita…te voy a dejar tan llena que nunca olvidarás cómo se sintió esta polla dentro de ti. Te voy a llenar, gatita. Te voy a follar tan profundo que no recordarás ni tu maldito nombre —siseé, con la mandíbula apretada y mi respiración entrecortada.
Todo mi cuerpo temblaba, el sudor mojaba mi camisa, el semen se deslizaba por mis nudillos. Seguí bombeando mi polla, incluso mientras palpitaba por la sobreestimulación, incluso mientras me venía de nuevo.
Mi respiración se detuvo cuando mi polla volvió a temblar, goteando más semen, aunque ya me había corrido dos veces.
—Mierda, te voy a dejar preñada —gruñí, con la voz baja, temblorosa, desquiciada—. Te voy a anudar tan profundo que nunca podrás follarte a nadie más. Te voy a llenar tu pequeño coño hasta que gotee por tus muslos. Olerás a mí por días.
Justo cuando estaba allí, con la polla en la mano, el semen deslizándose por mi muñeca y enfriándose en mi estómago, hubo un golpe en la puerta.
—¿Señor? —una voz femenina llamó suavemente a través de la madera—. Su habitación en la cubierta está lista.
Joder
Era la tripulante.
Tosí una vez, ronco y bajo, tratando de despejar mi garganta de la porquería que prácticamente me estaba ahogando.
—Estaré allí en unos minutos —dije, mi voz más profunda de lo que debería.
—Sí, señor —respondió educadamente la tripulante, y escuché el suave clic de sus tacones mientras se alejaba.
Alcancé una toalla, secándome lentamente, todavía mirando hacia abajo a mi polla, todavía respirando como si acabara de luchar por mi vida.
Iba a volver a verla.
Allí arriba. En la cubierta. Luciendo dulce e inocente con la misma boca con la que soñaba follar. Sonriendo como si no tuviera idea de lo que me había provocado. Lo que todavía estaba haciéndome.
Y sabía la verdad.
Esto no había terminado.
Esto era solo el comienzo.