La jornada había sido larga, pero Iris todavía no se rendía. Las luces blancas del piso 32 iluminaban su escritorio mientras terminaba de archivar una serie de documentos que Alexander le había solicitado con urgencia. Aunque él no había dicho una palabra en toda la mañana, su presencia se sentía tan cargada como un trueno contenido.
Desde que llegó, él la había ignorado casi por completo. Nada de bromas irónicas, ningún comentario sarcástico. Solo órdenes secas y miradas esquivas. Lo conocía lo suficiente para saber que ese silencio significaba que algo hervía bajo su piel.
Iris no podía evitar provocarlo un poco. Cada vez que se inclinaba para alcanzar algo, sentía su mirada clavada en su espalda. Y aunque él fingía estar ocupado, sus pupilas la traicionaban.
En uno de los momentos en que se acercó a entregarle un informe, ella se inclinó un poco más de lo normal, dejando que su perfume flotara a su alrededor.
—¿Algo más, señor Blake? —preguntó con voz neutra, pero con una chispa maliciosa en la mirada.
Alexander levantó la vista. Su mandíbula estaba tensa.
—No juegues conmigo, Iris.
Ella fingió sorpresa. —¿Yo? Solo estoy haciendo mi trabajo.
Sus ojos se encontraron. Hubo un segundo en que todo quedó suspendido. Pero luego él desvió la vista y volvió a su pantalla.
—Puedes irte.
Iris salió de la oficina con el corazón latiendo fuerte. Él la estaba evitando, sí. Pero también se estaba conteniendo.
Horas después, mientras bajaba a recoger unas copias del departamento de diseño, Iris se cruzó con una mujer que no podía pasar desapercibida: pelirroja, alta, con tacones imposibles y un vestido ajustado color vino que gritaba dinero y poder.
La mujer se detuvo frente a ella con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
—Tú debes ser Iris Delgado —dijo, con tono sedoso pero afilado.
—Iris, sí. ¿Nos conocemos? —respondió con cautela.
—Aún no, pero digamos que tengo cierta curiosidad. Soy Bianca Estévez.
El apellido retumbó como una alarma dentro de Iris. Claro que sabía quién era. Había escuchado ese nombre más de una vez en los pasillos, susurrado como una sombra del pasado de Alexander.
—Encantada —respondió con una sonrisa profesional.
—Sé que trabajas cerca de Alex. Espero que no se te olvide quién fue la mujer más importante en su vida durante años.
Iris sostuvo la mirada sin pestañear.
—Yo solo soy su asistente. No hay nada que recordar ni nada que temer.
Bianca sonrió más ampliamente, pero su mirada era hielo puro.
—Oh, querida. No es el miedo lo que debería preocuparte. Es el fuego.
Y se alejó con pasos elegantes, dejando un aroma intenso y una amenaza sin palabras flotando en el aire.
Al final del día, Iris volvió a subir para entregar el último informe firmado. La oficina estaba en penumbra, iluminada solo por la ciudad que parpadeaba tras los ventanales. Cuando entró, Alexander estaba de pie junto al ventanal, de espaldas, con las manos en los bolsillos.
—¿Señor Blake? —dijo ella suavemente.
Él no respondió de inmediato. Luego giró lentamente.
—Cierra la puerta.
Iris obedeció, con una mezcla de alerta y anticipación en el pecho.
—¿Todo bien? —preguntó, acercándose al escritorio.
Alexander avanzó hacia ella sin rodeos, sus pasos decididos. Sus ojos estaban oscuros, intensos, como si hubiese estado conteniéndose todo el día.
—¿Te gusta provocar? —le preguntó en voz baja.
—No entiendo...
—Sí entiendes. Tu risa. Tus miradas. Tus pasos. Sabes exactamente lo que haces.
Ella lo desafió con la mirada. —¿Y qué si lo sé?
Alexander la arrinconó contra la pared de cristal, su cuerpo apenas a unos centímetros del de ella. La intensidad en sus ojos la hizo tragar saliva.
—Eres un problema —murmuró—. Uno que no puedo ignorar.
Su respiración rozaba la de ella. Iris sentía cada fibra de su cuerpo en alerta máxima.
—Entonces resuelve lo Alexander.
Él bajó la mirada a sus labios, luego alzó la mano y le apartó un mechón de cabello del rostro.
—Si te beso ahora, no voy a poder detenerme.
—¿Y quién te dijo que quiero que te detengas?
Él sonrió, una curva lenta y peligrosa. Pero no la besó. Se acercó a su oído y susurró:
—Provocas mis límites, Iris Delgado.
Ella cerró los ojos, sintiendo su aliento. Su corazón era una tormenta. Cuando volvió a abrirlos, él ya se había alejado.
—Vete —dijo—. Antes de que rompa todas las reglas.
Ella lo miró con orgullo.
—Entonces prepárate. Porque yo no vine a seguir reglas.
Y salió, dejando al hombre más poderoso del edificio atrapado entre su deseo y su propio juego peligroso
Mientras Iris cerraba la puerta de aquella oficina, su corazón todavía golpeaba con violencia contra su pecho. ¿Qué acababa de pasar? ¿Por qué ese hombre tenía ese efecto sobre ella? No era solo la forma en la que la miraba, ni su voz grave cargada de autoridad... era algo más. Algo que no sabía si la aterraba o la atraía.
Alexander Blake no era un hombre común. Su presencia la desestabilizaba, su cercanía la hacía olvidar hasta su nombre, y, aunque quisiera negarlo, cada vez que él la rozaba con la mirada, algo dentro de ella se encendía como una chispa indomable.
Pero Iris no estaba dispuesta a dejarse dominar. No por él, no por nadie. Su carácter fuerte era su escudo, su mejor arma en un mundo donde demasiados hombres creían que podían tenerlo todo con solo chasquear los dedos. Ella no iba a ser una más.
Lo que Iris no sabía era que, para Alexander, ella tampoco era una más. Y eso era lo más peligroso de todo. Porque cuando un hombre como él se obsesiona...
El juego cambia.
Y las reglas se rompen.
La historia de Iris apenas comienza. Lo que parecía un simple trabajo, se convertirá en una guerra de emociones, miradas que arden y límites que se cruzan. No será fácil… pero sin duda, valdrá cada segundo de tensión.
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✨ ¿Te atreves a seguir?
El Capítulo 5 traerá consecuencias, tentaciones... y una nueva línea que podría cruzarse.