El sábado no tiene despertador. Andrea abre los ojos sola, como todas las mañanas desde hace quince años, y por un segundo el techo blanco del dormitorio no le dice nada, ni bueno ni malo. Nada. Apenas la temperatura exacta del cuarto y el silencio grueso del edificio en fin de semana.
Se estira. El colchón no guarda memoria de nadie más que ella.
Se pone la bata de algodón, la de entrecasa, y camina descalza hasta la cocina con el pelo todavía revuelto de la almohada, sin las ondas de peluquería, sin nada armado. Prende la cafetera. El aroma llena la cocina antes que el sonido termine de apagarse. Corta dos rebanadas de pan de campo, las tuesta, las unta con manteca despacio, sin apuro, mirando por la ventana el río marrón de sábado. Pela una naranja con los dedos, sin cuchillo, algo que jamás haría delante de nadie en la oficina y que en su cocina es apenas un gesto más.
Se sienta en la banqueta a la barra desayunadora con el plato, la taza, el teléfono boca abajo al lado. Come. El silencio no le pesa. Hace tiempo que aprendió a disfrutar este tipo de mañanas tranquilas en soledad.
Termina el café, llena la taza una segunda vez, y recién ahí da vuelta el teléfono.
Nada urgente. Un grupo de gimnasio que nunca lee. Una notificación de una app de noticias que no le interesa abrir hoy. Desliza sin ganas, sin destino, el pulgar moviéndose solo mientras la cabeza está en nada en particular, en el sábado que tiene por delante, vacío y agradecido de estarlo.
Y entonces se le cruza por la mente.
No es intencional. Pero sin quererlo piensa, Dante Aguilé. Va a i********:, la lupita y escribe su nombre. En la foto de perfil, un aro de color que indica que hay algo nuevo.
No tiene por qué mirarlo. Nadie la obliga. Podría volver atrás, seguir deslizando, terminar el café, buscar un libro, prender la tele. Lo piensa con claridad fría, como cualquier decisión que después va a tomar igual.
Toca la pantalla.
La foto es de anoche. Un patio con luces de colores mal colgadas, el flash demasiado fuerte comiéndose los colores del fondo. Un grupo apretado, hombros contra hombros, vasos en alto, bocas abiertas a mitad de una carcajada que la cámara no llegó a captar entera. Dante está en el centro, en una versión en remera que Andrea no conoce, el pelo más revuelto de lo habitual, la sonrisa sin filtro, sin la mitad que se corrige a sí misma.
Tiene un brazo alrededor de una chica.
Andrea la mira con más atención que a él, un reflejo que no decide. Pelo oscuro, un mechón escapado del rodete, la remera negra vieja de una banda que Andrea no escucha, el escote estirado justo lo suficiente. Es linda. Más que linda. Muy linda. Tiene esa clase de belleza sin esfuerzo que a Andrea, en quince años de mirar decidir sobre gente, la sigue sorprendiendo cuando aparece de la nada en una foto mal encuadrada de un sábado a la noche. La más linda del grupo, piensa, y la frase le sale completa, en voz alta, sin adorno, como un dato que su cabeza archiva sin permiso.
Algo se le cierra en el pecho, breve, filoso. Se siente extraña con la sensación. Celos. La palabra la incomoda antes de terminar de formarse como respuesta, y por eso mismo Andrea la sostiene, la mira de frente, porque su costumbre más vieja es no mirar para otro lado cuando algo le pesa.
Dante no es suyo. No hay ningún papel firmado, ninguna cláusula que pueda controlar su vida por fuera de la oficina. Es un pibe de veintiún años en un patio con amigos de toda la vida, un sábado libre, sin ella, sin la oficina, sin nada que se parezca al Protocolo. Tiene derecho.
Amplía la foto igual.
El brazo de él en la cintura de la chica, la mano abierta, los dedos largos que Andrea ya quiere conocer de otra manera. Sin buscarlo, el filo se le corre de lugar. Deja de doler y empieza, despacio, a calentar.
Se los imagina después de la foto. La música más baja, la gente yéndose de a poco, los dos quedándose últimos en el patio o yéndose juntos antes, caminando alguna cuadra en la oscuridad, riéndose de algo que ella no va a saber nunca qué fue. Se imagina la mano de él en la nuca de la chica igual que se la imagina en la propia. Se imagina el cuerpo de Dante, el que ella todavía no tocó, aprendiendo en otra piel el ritmo que después va a usar con ella.
El pensamiento debería doler más.
En cambio se le mete abajo, entre las piernas, con una intensidad que la sorprende sentada en su propia cocina, con la bata de entrecasa, la taza de café enfriándose al lado del plato con las migas. Voyeur de algo que no sabe si pasó, que quizás no pasó, y que de todos modos su cabeza arma con una precisión casi cinematográfica: la chica debajo, la espalda de Dante, esa media sonrisa completa convertida en otra cosa, jadeante, sin la pausa profesional con la que le habló a ella en la oficina.
Se muerde el labio inferior. Se da cuenta a la mitad y no lo corrige, ahí, sola, sin nadie que la mire, la variante de sí misma que sólo existe en este departamento.
Suelta el teléfono en la barra, boca abajo otra vez, con más fuerza de la que hacía falta.
No. Así no. Un sábado a la mañana, sola, con el café frío, dándole vueltas a una foto que ni siquiera le pertenece, no.
Se levanta. Lleva el plato a la pileta, lo enjuaga, lo deja escurrir. Va hasta la mesa baja del living, donde el libro la espera con el marcador asomando entre las páginas: una novela histórica, Roma, intrigas de Senado y matrimonios arreglados, un mundo tan lejos del suyo que ni siquiera hace falta esforzarse para entrar en él. Se sienta en el sillón de lino, las piernas cruzadas, y abre donde quedó.
Lee la primera línea tres veces sin que le entre nada. Mira hacia el teléfono que dejó lejos, a propósito, en la barra.
A la cuarta, por fin, Roma se le impone por encima del patio con luces de colores, y Andrea se deja llevar, agradecida, hacia otro siglo, otra mujer, otro poder que no es el suyo.
El teléfono queda boca abajo sobre la barra, en silencio, toda la mañana.