La oficina de Marisa huele a café instantáneo y alcohol en gel. Hay una planta de plástico en la esquina que no necesita riego, y un cartel pegado sobre el escritorio con demasiada cinta que dice "LA PUNTUALIDAD ES RESPETO", con una tipografía que ya pasó de moda hace más de diez años.
—Vos debés ser Dante.
—Sí.
—Sentate.
Marisa tiene los anteojos colgando de una cadenita dorada y una sonrisa de trámite, la que se usa cuarenta veces por semana y no cuesta nada sostener. Le desliza una carpeta azul sobre el escritorio, más gruesa de lo que Dante esperaba para un puesto que el aviso describía en tres líneas.
—Esto es un acuerdo de confidencialidad. Estándar de la empresa. Todos lo firman.
Dante abre la carpeta. Cláusulas numeradas, la palabra "confidencial" repetida como un tic nervioso en el documento entero. Pasa una hoja, después otra. Hay un párrafo que menciona "información sensible relativa a prácticas internas de gerencia" y otro, más abajo, sobre "vínculos de naturaleza personal que pudieran surgir en el ámbito laboral". Frases construidas para no decir nada e implicar todo al mismo tiempo. Como la llamada de ayer.
—¿Esto es normal para un analista junior?
—Es normal para todos los que trabajan cerca de los cargos de gerencia.
Marisa no levanta la vista del monitor mientras responde. Ya está tipeando otra cosa, un mail, una planilla, algo que no tiene que ver con Dante ni con su contrato. Para ella esto es rutina, un trámite más en un jueves cualquiera. Para Dante, sentado con la carpeta abierta sobre sus piernas, es la primera vez en su vida que firma algo así y no entiende del todo qué está firmando.
Podría preguntar más. Lo piensa un segundo. Después recuerda el silencio de Andrea por teléfono, ese "no es lo común" que no explicaba nada y alcanzaba, y decide que hay una ventaja en no forzar la respuesta antes de tiempo. Algo le dice que las respuestas en este edificio vienen solas, a su ritmo, y apurarlas es la manera más rápida de no recibir ninguna.
—Firmá donde está la crucecita.
Hace su firma tres veces con una lapicera que no es suya, el pulso un poco más rápido de lo normal, aunque no sabría decir si es nervios u otra cosa parecida a las ganas.
—Perfecto —Marisa cierra la carpeta sin volver a mirarlo—. Volvé con Andrea. Ya sabés por dónde es.
Dante sale al pasillo. El corazón todavía no se le acomodó del todo.
El piso de gerencia tiene otra luz, otro silencio, alfombra en vez de piso plástico. Camina despacio, sin apuro, observando. Puertas con nombres en placas doradas que no significan nada para él todavía. Pasa frente a una sala de reuniones con la puerta de vidrio entornada: dos gerentes discuten un gráfico en voz baja, ninguno de los dos lo mira.
Un pibe con auriculares puestos y una pila de cajas en los brazos casi lo choca en una esquina.
—Uy, perdón —dice, sin sacarse un auricular—. ¿Sos nuevo?
—Creo que sí.
—Bienvenido al infierno con aire acondicionado —sonríe, ya alejándose de espaldas, caminando tan rápido como habla—. Cualquier cosa, la cocina del tercero tiene el café menos malo.
Dante sonríe solo, sigue caminando. Es el primer gesto normal que recibe en el edificio, y por eso mismo lo nota: todo lo demás, había venido con un peso que este chico no tenía.
Más adelante, una mujer sale de una oficina con el pelo largo y ondas trabajadas en peluquería, un blazer masculino sobre una camisa blanca desabrochada hasta el pecho con un desenfado que no parece casual. Camina con la seguridad de quien lleva veinte años sabiendo exactamente cuánto vale cada gesto. Detrás de ella, dos pasos más atrás la sigue un tipo joven, mandíbula marcada, cuerpo de gimnasio bien trabajado, la camisa ajustada sobre sus brazos. La clase de belleza que no necesita esforzarse porque ya viene resuelta de fábrica. Él le sostiene la puerta. Ella ni lo mira al pasar, como quien no necesita agradecer algo que da por garantizado. Dante los cruza y por un segundo, sin saber bien por qué, siente que acaba de ver algo que todavía no tiene nombre para él pero que pronto lo va a tener.
Sigue caminando. Al final del pasillo, la puerta de Andrea.
Golpea dos veces, seco, igual que antes.
—Adelante.
La oficina está más oscura de lo que recuerda, las persianas bajas a medias, la ciudad afuera reducida a franjas de luz entre las tablillas. Andrea está de pie frente al ventanal, de espaldas a él, como mirando hacia afuera sin ver.
—¿Firmaste?
—Sí.
—Bien.
Se da vuelta.
El pelo, que antes llevaba prolijo hacia atrás, ahora le cae suelto sobre los hombros, ondas oscuras que Dante no había visto. Ya no tiene puesta la corbata. La camisa blanca está desabrochada dos botones más que antes, más de lo que cualquier reglamento de oficina toleraría, y el escote asoma con la piel dorada apenas contenido por la tela. El saco n***o estructurado le queda como una segunda piel. Lo mira de frente, sin apuro, con la calma de quien ya sabe cómo termina esto y está esperando a que el otro también lo entienda.
—Sentate —dice, y algo en su voz ya no tiene nada que ver con Recursos Humanos.