Aina Ivanova Sus labios dejan de tocar mi piel enrojecida, se endereza en su lugar y me inspecciona; inmediatamente me pongo nerviosa y comienzo a acalorarme. Termino de tomar el líquido rosado y dejo la copa vacía sobre la pequeña mesa de noche. — ¿Más? —pregunta. —No, así estoy bien, me siento cansada. Ya debería irme. —Te acompaño. —No es necesario, me habitación está enfrente de la tuya. —Te acompaño a la puerta. Me levanto de sofá, pero un mareo repentino golpea mi cabeza. Apenas trato de controlar mi cuerpo y logro sostenerme. El mareo se pasa en segundos, aún sigo aturdida y camino con dificultad hasta la puerta. Cada paso que doy en mi entrepierna se genera una sensación incomoda y me es dificultoso de caminar. Puede que haya tomado demasiado en la cena y con esta copa de

