Aina Ivanova Llegando al hotel se estaciona la camioneta, de inmediato bajo. Cansada por el día de hoy camino hacia adentro, pero su mano me detiene, me jala y me hace regresar a la camioneta. —Dame las llaves del auto —le dice al conductor. El conductor sin pensarlo se las entrega. —Regresaremos más tarde —le avisa a Peter. Eder me obliga a entrar al auto de nuevo, esta vez me siento en el asiento contrario al piloto, rodea el auto y se sube. — ¿A dónde vamos? —pregunto. —Ya lo verás. Con esas últimas palabras enciende el vehículo. El transcurso es silencioso, no es mucho el camino; nos detenemos en media carretera, ahí se desvía y se mete entre los árboles. El camino poco a poco se despeja, libre de árboles. Detiene el auto y apaga el motor, se baja, voy detrás de él y me pongo

