El sol del mediodía se filtraba entre los árboles del pueblo, tiñendo de oro los adoquines de la plaza principal. El silencio era apenas interrumpido por el canto de los pájaros y el crujido suave de las hojas secas bajo los zapatos lustrados de Nicolás Cavallari. Vestía un traje gris claro, elegante, con una rosa blanca en el ojal. No había cámaras, ni fotógrafos, ni invitados. Solo Andrea, de pie a su lado, con un vestido verde jade y una expresión emocionada, lista para firmar como testigo. El pequeño registro civil, normalmente cerrado a esa hora, había sido abierto exclusivamente por orden directa del gobernador regional, cortesía de un par de llamadas estratégicas que Nicolás había hecho esa misma mañana. Pero lo que verdaderamente transformaba el ambiente era ella. Noelia aparec

