Ethan Helena apareció en mi consultorio horas antes del almuerzo. Traté de apartarla, pero nada funcionó contra sus incesantes pedidos para salir a almorzar. Acepté sólo porque me dijo que se sentía arrepentida por lo sucedido con Marcela y necesitaba arreglar las cosas. Treinta minutos más tarde nos encontrábamos en un restaurante, el cual según su juicio culinario, era el mejor de toda Roma. Bastó con permanecer diez minutos en el recinto, buscando la mesa adecuada. Quizá lo hizo inconsciente o tal vez tenía en cuenta muy bien el poder de sus acciones, ya que me llevó hasta el fondo, en donde casualmente dos personas conocidas disfrutaban de la buena comida. –¿Marcela? –preguntó Helena, acercándose a ella como si fueran íntimas amigas. El rostro sorprendido de la mencionada pasó a

