Mis días en mi trabajo eran muy tranquilos, a pesar de llevar una vida muy apresurada por hacer todo yo sola estaba muy feliz, el alejarme de un entorno tóxico me hizo darme cuenta que necesitaba paz mental y un ambiente sano para mis hijos.
Cada día pasaba más tiempo con mi jefe y eso me encantaba, no sabía el porque pero ese hombre me atraía demasiado, su aire misterioso que lo rodeaba junto a su seriedad lo hacían lucir mas sexi.
Por cuestiones del trabajo nos estuvimos quedando más tarde, yo había llegado a un acuerdo con la profesora de la guardería, ella cuidaría de mis hijos tiempo extra y yo pagaría esos honorarios.
La cercanía entre mi jefe y yo era cada vez más notable se podía escuchar algunos chismorreos haciendo apuestas si había o no algo entre nosotros.
Habían pasado nueve meses desde que dejé mi casa y era feliz, era viernes por la tarde y no esperaba que ese día me diera una sorpresa tan grande.
—Olga necesito que se queden hasta las 8, tenemos que realizar inventario.
—¡Si jefe!
—Olga no puedo quedarme, tengo que recoger a mi hijo.
—¿Porque no? Recuerda que las horas extras las pagan muy bien.
—Lo sé, pero mi hermana saldrá con su novio y no me puede cuidar a mi hijo más tarde. Lo siento de verdad.
—Descuida yo hago todo.
—¡Gracias Olga, la próxima vez me quedo yo sola!
Eran las cinco de la tarde cuando terminé mis pendientes llamé a la guardería para avisar y comencé con el inventario, sabía muy bien que si me apresuraba y lo hacía rápido no tardaría tanto y podría irme a casa.
En ocasiones revisaba la hora, ya pasaban de las siete y aúne faltaba mucho por realizar. Moría de hambre, estaba cansada y además sola.
Escuché como se abrió la puerta de la bodega y entró el señor Federico Viera, con su rostro serio y notablemente cansado me saludo, llevaba una bolsa de compras en una mano mientras revisaba al rededor de la bodega.
—¿Estás sola? ¿Dónde está Elena?
—No se pudo quedar jefe, no tenía quien le cuidara a su hijo y tuvo que irse.
—Olga, todo este trabajo es demasiado para ti sola.
—Descuide terminaré a tiempo ya lo verá.
—¿A tiempo? Mejor dicho terminarás muy tarde tu sola, ven les había traído algo de comida.
—Señor pero si me siento a comer tardaré más.
—Tienes que alimentarte, no permitiré que te desmayes por la falta de comida.
Cada que lo escuchaba hablar en ese tono me derretía, sabía muy bien que no podría estar con él pero me estaba enamorando y eso no lo podía evitar ni mucho menos negar.
Comenzamos con la cena en una mesa improvisada mientras platicamos de nuestras vidas, fue algo espontáneo sin pensarlo la charla era demasiado cómoda entre nosotros.
—Olga ya tienes más de un año trabajando aquí y no sé nada de ti.
—¿Que quiere saber jefe?
—¿Cuántos hijos tienes?
—Dos, una niña de seis años y medio y un niño de cuatro años.
—El día que ocupabas a un fiador para el alquiler de tu casa escuché que te estabas divorciando.
—Si señor, pero todo se detuvo ya que ese hombre desapareció, no hay domicilio en donde dejarle la notificación.
—¿Y su familia? Sus padres.
—Dolo tiene mamá pero ella también se fue de su casa así que no hay un domicilio.
—Puedo preguntar el porque del divorcio.
—No le veo ningún problema.
—¿Y bien?
Un pequeño silencio incómodo acompañado de mi respiración lenta se adueñaron del lugar y tras controlar mis nervios hablé con mucha calma.
Le conté toda mi historia, desde que tuve a mi Fátima, que me casaron sin que yo quisiera hasta el día de hoy que los dejé con la profesora de la guardería.
Los ojos de mi jefe se podían ver tan negros como la noche y llenos de confusión. Al terminar mi relato por fin habló.
—Ese hombre es un animal, me alegra que tomaras la decisión de dejarlo y continuar con tu vida.
—La más perjudicada es Fátima, si ese tipo le hubiera hecho algo ni la vida misma me alcanzaría para reprenderme por no poder protegerla.
—Pero no sucedió y que pusieras la seguridad de tus hijos como tú prioridad eso habla excelente de ti como madre. ¡Te admiro demasiado Olga!
Me sonroje de inmediato y bajé mi mirada con un poco de pena.
—¡Gracias jefe!
—Sabes algo, tenía tiempo que no tenía una cena tan agradable y con una muy buena compañía.
—¿Ni con su familia jefe?
—Como debes haber escuchado también me estoy divorciando y no, no había tenido ninguna cena tranquila, Silvia que será mi ex esposa no es una mujer muy tranquila que digamos como pudiste ver en aquella ocasión que te atacó.
Miré mi brazo y sólo sonreí, la enorme cicatriz abultada era muy notoria y me recordaba lo loca que pueden ser las personas.
—Nunca me disculpé ni mucho menos te dí alguna indemnización por ese incidente. Lo siento mucho Olga de verdad, éste mes te daré un bono extra para reparar los daños.
—No se preocupe, estoy bien.
—¡Acepta por favor!
Asentí para no hacerlo pasar un mal momento, era la primera vez que lo veía sonreír después de trabajar aquí por algún tiempo.
Nuestra charla de extendió y sin darnos cuenta ya eran las nueve de la noche, al ver el reloj me asusté un poco y me levanté de inmediato.
—Tengo que irme es demasiado tarde.
—¡Oh! Es cierto, descuida te llevaré a casa, mañana continúas con el inventario, te pagaré todas las horas extras.
—¡Gracias jefe!
Acepté que me llevara a casa, si no lo hacía llegaría demasiado tarde a recoger a mis hijos. Durante el trayecto seguimos platicando de nuestras vidas, mi jefe era un hombre que había sufrido mucho como yo, su familia lo veía como un simple cajero automático al cual le extraían dinero sin agradecer, cuando estaba en casa sus hijos ponían musica a todo volumen y no lo dejaban descansar la cena nunca estaba hecha y preferían comer en restaurantes o pedir comida para llevar.
Su vida fue igual de miserable que la mía en eso éramos muy parecidos.
—Llegamos Olga.
—¡Gracias jefe!
Su mirada se sentía diferente, podría decir que era una mirada llena de amor, pero eso no lo podía asegurar. Sentía como mi corazón aumentaba sus latidos tan sólo con ver sus hermosos ojos color miel.
Tragué saliva con un poco de dificultad y me despedí.
—Hasta mañana jefe.
—Jasta mañana Olga y por favor ya no me digas jefe, dime Federico.
—¡Pero!
—Nada de peros, dime Federico.
—Hasta mañana Federico.
Bajé de la camioneta y me fui del lugar, creo ahí comenzó la historia.