Desperté a las nueve de la mañana, las viajeras habían llegado en la madrugada. Las saludé y regresé a la cama. Quedé sorprendida por el cambio en el aura de Elizabeth. Habría caminado por la hoguera con la convicción de jamás cambiaría. Bajé a desayunar. —¡Hola, Jenna! —arrugué la frente—. ¿Qué?, ¿no puedo saludarte? —Puedes. Solo es sorprendente tu actitud. ¿O quieres aparentar una buena relación entre las dos? Tranquila no te dejaré mal frente a tu prometido. —Qué inteligente eres. No quiero una de tus bromas o comentarios de mal gusto delante del Lord Bitelth —abrí mis ojos, ¿ese hombre era su novio? Pero, ¡era muy mayor! —¿Ese conde es tu novio? —preguntó papá, seguía sorprendida, por poco suelto una carcajada frente a ellos. ¡Con razón se gustaron!, los dos son peculiares. —Es e

