—No mamá, Elizabeth y yo apenas nos soportamos en esta casa. Las lágrimas salían de manera silenciosa. Su mirada me regocijaba, el cariño de madre debe ser el sentimiento más puro de amor. Se levantó cuando Anna ingresó con una jofaina con agua tibia, ungüento y vendas. —Voy a curarte hija. —¿Dónde está? —¡Qué ni se atreva a venir a esta habitación!, deberá azotarme a mí también. Te destrozó la espalda hija —volvió a llorar—. No te ha visto, no ha regresado desde nuestra discusión. —Mi nana puso la porcelana en la mesa de noche—. No comprendo su actitud, parecía endemoniado. Si no era por Anna y el jardinero, te habría matado. —Dile que lo amo. Mamá se arrodilló, tomó mi mano apretándola con fuerza. Me aferré a ella al comprender, Anna comenzó a curarme y no pude evitar el gritar de

