No prestó atención a la rabia. Salí corriendo, en segundos llegué a la casa, me encerré en la que había sido mi habitación en el pasado. Estaba mojada, además de enojada. Entré al baño para secarme y tratar de tranquilizarme, el fuego de la chimenea había aumentado su llama. Seguía furiosa. «Mira el lado bueno, ya sabe la verdad». ¡Ahora no salgas a defenderlo! «Tú te llenas la boca proclamando el perdón y hablar siempre con la verdad». ¿Ahora los papeles se están invirtiendo? «Si me preguntas si continuar con una vida solitaria o compartirla con el padre de tu hijo, después de aclarar y prometernos nunca hacernos daño yo acepto caminar acompañada». No le respondí. Estaba furiosa. Me desnudé, entré al agua fría. —¡Dios!, ya sabe la verdad—. El agua comenzó a surtir en mí el mismo efe

