-Quiero casarme contigo-, fue lo que me dijo Molinari, cuando se ponía su camisa, abotonándola con torpeza, aún sucumbido por la desbordante pasión que disfrutó conmigo. Me miró fijamente, haciendo brillar sus ojos. Su sonrisa se hizo muy amplia y escuchaba su corazón palpitando de prisa, emocionado. Seguramente había estado pensado y mucho, en ese momento de declarárseme. -¿Por eso estabas tan frenético?-, le dije tumbada, aún en la almohada, sin fuerzas para levantarme. -Me he dado cuenta que te amo, Fernando. Te deseo. Eres lo que quiero para el resto de mis días-, insistió. Intenté aclarar mi mente. Yo seguía eclipsada, vagando en las estrellas, envuelta en muchas luces de colores, disfrutando de mi sensualidad, repasando, en mi mente, toda esa fuerza que me hizo sucumbir y quedar

