Volvía cansada a mi oficina luego de resolver un caso bastante complicado y enredado que nos obligó a ir de un lado a otro en busca del culpable de un triple asesinado, cuando timbó mi móvil. Ni vi quién me llamaba. Puse el altavoz y me tumbé a mi silla. Estaba llena de polvo, llevaba mis pelos ajados, sudaba mucho y tenía el corazón rebotando en el pecho, alocado y furioso. -Teniente Benavides-, me anuncié soplando mi cansancio. -Hola, Fernandita, mi dulce pimpollo, mi consejera de mil combates-, me saludó una voz festiva, alegre, divertida, grandilocuente y animada. ¿Lo adivinan? Sí, era Maúrtua. Le quité de inmediato el altavoz. -Hola, presidente-, junté los dientes fastidiada. -¿Ya ves? Ya no te molesta la prensa-, me dijo alegre, haciendo una fiesta con sus palabras. Me molesté.

