Sabía que tarde o temprano Monteza iba a buscarme. No me apuraba. En todo ese tiempo creía conocerlo bien y una de las cosas que estaba segura es que él estaba muy interesado conmigo. Dicho y hecho, él apareció una mañanita que hacía bastante frío, sumiso, apagado, vacío, recostado en los peldaños, con un peluchito entre sus manos. -¿A quién buscas?-, lo desafié con mi naricita alzada, los brazos cruzados y taconeando el piso con mi botín. Él sonrió y me dio el peluchito, una vaquita muy linda. -A ti, lo sabes-, me dijo y se alzó cuán alto es, pero lo vi muy delgado, afligido, con los ojos hundidos. Estaba famélico. -¿Hace cuánto que no comes?-, le reclamé. -Dos días. Estoy como vigilante en una cochera-, me contó. En secreto yo ya había hablado con un hermano de Yazmín, dueño de una

