Han pasado ya cuatro meses desde que los detuvieron. El juicio comienza en dos días, y la noticia ya se hizo pública. Estamos en casa, atrapados por la avalancha de periodistas que se amontonan afuera. Veo a mi suegro sentado en el sillón, pálido, con el semblante cansado; su salud no es buena y me preocupa que toda esta situación lo esté afectando demasiado. Los chicos, preocupados y desesperados, han pensado en asumir ellos la culpa para intentar liberar a su padre, pero les han negado la petición porque la mayoría de los bienes están a su nombre. Siento un nudo en el estómago al pensar en todo lo que se avecina. —Hoy comienza el juicio —digo con voz baja, intentando mantener la calma—. Estamos esperando a los abogados y al detective. Tuvimos que contratar seguridad extra para lidiar co

