CAPÍTULO TRES: LA DIOSA DE LOS SUEÑOS

2214 Palabras
 Agni tenía las noches más pesadas, las pesadillas eran la orden del día y luego debía verse presentable para el museo, aunque ella y sus hermanos no pasaban mucho tiempo ahí, solían dar al menos una vez por semana una exposición o su acto de presencia, sin dar con habladurías sobre su paradero, mucho más cuando se acercaba las fiestas de Akino, su historia, su cultura y la fiesta de disfraces recorrieron toda la isla, tal vez esa sería la oportunidad para los dioses, para subir del infierno. Entonces él lo haría otra vez. Se puso de pie, y fue directo al baño, tenía los ojos rojos y llorosos, porque nuevamente estaba llorando, porque nuevamente el dolor se estaba instalando en su pecho como para no irse. La criaron para ser un ser sin emociones, para atacar, para proteger y sobrevivir, y ahora, una mujer tan extraordinaria como lo era ella; estaba llorando en el baño porque al primer hombre que despertó sentimientos en ella que no sabía que existían. Soltó un gemido y cubrió su boca para no ser escuchada por Enzo que se encontraba en la habitación continua, ya que ahora todos los hermanos estaban viviendo en el mismo lugar por seguridad, una orden directa de Zigor, aunque parecía muy duro, sabía lo mal que la estaba pasando y más con el embarazo repentino de Bell. Ella se metió a la regadera, gimió al sentir las gotas heladas caer en su cuerpo, pero al menos eso la despertó por completo y por ende, se llevó también las lágrimas que parecían no detener su camino. Cuando estuvo lista, enredó una toalla alrededor de su cuerpo, cepilló sus dientes y se giró para vestirse, pero se topó con un pecho, iba quejarse porque seguramente Enzo otra vez estaba husmeando, quitándole la poca privacidad que tenía.             —Hola, pequeña Brais —la voz ronca de él hizo que su cuerpo temblara. Retrocedió y alzó la mirada encontrándose con los ojos oscuros de Erein, o mejor dicho: del falso Erein. Él cerró la puerta cuando escuchó pasos y luego le sonrió, una sonrisa tan bonita como solía darlas, pero esta tenía maldad, cada pedazo de esa sonrisa era mala.             — ¿Sabes que la casa está protegida, en cualquier momento estarás tirado en el suelo?             —No, si antes escapo.              — ¡Puedo gritar y la alerta sonará!             —No lo harás, porque una parte de ti cree que el Erein bueno está —siseó bajito mientras subía su mano para tratar de acariciar su rostro pero Agni se echaba para atrás con rabia, y ocultando que realmente sufría—. Eres una de las mujeres más inteligentes, ¿Cómo caíste tan bajo?             — ¿Crees que no puedo atacarte? ¿Crees que yo no puedo usarte?             — ¿A qué te refieres? ¿A qué juegas?             — ¿Por qué vienes aquí? No es la primera vez que lo haces ¡Que te une a este lugar!             —Nadie, tú nunca significaste algo en mi vida.             Así como llegó, se fue, la joven apretó los labios. Limpió su rostro y salió del baño, claro que lo unía algo, una parte de ese Erein estaba luchando, y venía con ella, no era imaginaciones suyas, mucho menos cuando en más de una oportunidad lo había visto a la distancia, pero lo suficiente cerca para que el corazón de la joven pudiera acelerarse, no sabía si de dolor u otro.             — ¡Agni, date prisa!             El grito de Enzo la hizo sobresaltar, así que, quitando el recuerdo de Erein de sus pensamientos, se cambió con rapidez, esta vez dejó su cabello suelto, y más de una vez se miró al espejo con la intensión de querer cortárselo, cerrar ciclos, tal vez.             Salió encontrándose con Enzo terminando de colocarse la corbata, mientras Zigor se colocaba las armas, y se ponía una pañoleta en su cabeza, para alejar los rizos dorados de su frente. Los hermanos se miraron, soltaron un suspiro y cada uno hizo lo que debía hacer en el día. Para la tarde, los tres debía estar en La legión, ya que se harían equipos para despertar a la última diosa que estaba dormida, y aunque estaban inseguros, Elan tenía razón: sería una ayuda que ellos necesitaba en ese momento. Zigor vio a sus hermanos partir al museo, y antes de salir, fue directo hacía la habitación donde se estaba quedando Bel, tocó y ella lo dejó pasar. Sus ojos fueron hacia el amable rostro de la muchacha y luego hacia su pequeña panza donde se encontraba su hijo, tragó saliva ¡Quería amar a ese niño! ¿Por qué los sentimientos no florecían? ¿Qué pasaba con él? Se acercó con cautela y vio la pequeña fuente donde había estado el desayuno que le había traído, junto con los antojos que ella pedía. Como todos los días, Bel estaba en la mecedora en el balcón, disfrutaba de aquel clima, y del jardín que él había pedido para que el niño en sus primeros años pudiera jugar, ser feliz, antes de arrancarle las alas.              —Artaith tiene ganas de unos chocolates —bromeó la muchacha y Zigor se sentó en el mueble—. He estado pensando en el segundo nombre, algo así como. Artaith Fénix.             — ¿Fénix?             —Su nombre significa tormenta, así que no debo ser adivina para saber que su llegada arrasará con muchas cosas, entonces su segundo nombre, será la cura, así como causa tormentas, también hace rehacer de las cenizas a todos.             —Es…, curioso. Es tu decisión, yo te pregunté por el primer nombre, ahora tú puedes elegir el segundo, el que quieras.             —Artaith Fénix Brais, ¿fuerte, no?             —Una contradicción andante. —contestó el rubio poniéndose de pie, Bel se sorprendió por el poco tiempo que le dedicaba, ni siquiera se detenía a tocar su abdomen, o a querer saber más sobre el bebé.             — ¿Ya te vas?             —Tengo que trabajar, Bel. Lo sabes.             — ¿Has dejado los trajes por ese tipo de ropa? —señaló la ropa negra que llevaba puesta, había escondido muy bien cada arma para que ella no viera nada de eso, ni siquiera estaba seguro del momento donde tendría que contarle todo, y más, arrancarle al bebé de sus brazos.             —Excavación, han encontrado unas esculturas e iré directamente yo para verlas y llevarla al museo con todo el cuidado posible.             —Ah.             —Cuídate y cuida del bebé. Si necesitas algo, los del servicio están a tu orden —se acercó con cautela y dejó un beso en la frente de la muchacha para después girarse e irse de ahí. Otra vez no tocó su barriga, otra vez no quiso sentir a su hijo. ¿Qué clase de hombre era Zigor Brais? A veces esa pregunta hacía eco y las respuestas no le gustaban. Toda su familia parecía ocultar secretos, y ella misma quería salir huyendo, pero algo hacía que se quedara ahí sentada.             Zigor cerró la puerta atrás de él, con suavidad, después tomó la mochila que descansaba en el suelo, se la colgó de un hombro y salió, manejó en dirección a la que fue la tumba de Maua, ahí lo estaba esperando un equipo grande, dirigido por el momento por Andrea, quien en el último mes había cambiado bastante, más con ellos. Bajó de la camioneta, se colocó la mochila muy bien y luego avanzó hacia el grupo grande de guerreros, no quería perder a ninguno, ni un solo integrante de la legión.             —Zigor, ya estamos listos —bien. Solo quiero la mitad del grupo que baje conmigo, la otra se queda alrededor, necesito que estudien el lugar, cualquier cosa extraña sea fotografiada y se avise por radio. ¿Entendido?             — ¡Sí! —dijeron al unísono, Zigor se hizo a un lado para ver como Andrea los organizaba, cuando el grupo estuvo listo, no le sorprendió al rubio que la mujer fuera de las primeras en entrar a la cueva, él encendió la luz del gorro n***o que llevaba, avanzaron en silencio, en esas catacumbas solo se podía escuchar las pisadas y las respiraciones de los demás, que eran un grupo de diez, contándose con ellos dos.             Zigor avanzó, admirando el arte en las paredes, cosa que antes no había estado, así que aprovechó para fotografiar todo, para el museo y su investigación hacia aquella diosa. Cuando llegaron al último peldaño, se sorprendieron al ver una cueva mucho más grande, un pequeño riachuelo y en el centro estaba la tumba, y atrás una escultura de la diosa cuando llevaba el cabello más largo, cuando se veía buena, nada que ver con la diosa que se presentó esa noche.              —Cinco en vigilancia, los demás síganme —vio como cinco m*****o se giraban mirando hacia el lugar por donde habían ingresado, viendo el lugar con cautela, con sus armas afuera, para atacar en cualquier momento.             Zigor sacó una pequeña daga que llevaba siempre, pasó el riachuelo con cuidado, las botas que llevaba eran especiales para ese tipo de trabajo, así que ni sintió las medias mojadas, él miró por su hombro a los otros integrantes seguirlo, mientras Andrea recorría el lugar con la mirada, con el arco apuntando, lista para soltar una flecha. El rubio trepó hasta que subió a la tumba, esta era muy diferente a las demás, tenía escritura antigua, así que él a todo tomó foto, a los símbolos y también a los dibujos que parecían haber sido hechos después. Mordió su labio con confusión cuando lo ayudaron a mover la parte de arriba del cajón de cemento, todos se quedaron sorprendidos al ver como aun había rastros de uñas, también de sangre. Él sacó las pinzas y las bolsas de plástico para tomar aquellas pruebas y luego llevarlas a analizar, con cuidado, después de guardar, tomó fotos al interior, viendo que ahí había sido una tortura.             —Esto parece…             —A ella no la durmieron, a ella le arrancaron el corazón primero —murmuró Zigor en un susurró viendo las marcas en el cajón de cemento, las uñas, las marcas de las garras, que en su momento seguramente tuvo y con desesperación rasgó para salir de ahí.             —En eso no te equivocas, mi querido Castigo —Todos se pusieron en guardia al escuchar la voz, pero ella no hacía acto de presencia. Claro que no, era inteligente.             —Por eso debería obtener algo a cambio, ¿No lo crees, Maua?             —Zigor Brais, me sorprende. De tus hermanos, diría que eres el más inteligente —lentamente el rubio presionó la grabadora, para que aquella conversación quedara guardada y luego fuera analizada. Tenía que ser cuidadoso, encima llevaba muchas pruebas que, aunque se estaban pasando hacia la computadora principal de La legión, quería salir de ahí, y poder hablar todo, contarlo con sus propias palabras—. ¿Qué es lo que quieres saber?             — ¿Cuántas preguntas me vas a regalar para responder?             —Tres, te voy a regalar tres preguntas, Zigor Brais.             —A ti no te durmieron, ¿te lanzaron a la tumba viva y luego arrancaron tu corazón?             —Pero eso no era un secreto, siempre se supo.             —No —Zigor miró alrededor, tratando de buscar en qué dirección venía la voz—. Siempre se supo que todos fueron dormidos antes de arrancarles el corazón, luego tu tumba desapareció cuando quiso ser estudiada.              —Por supuesto, yo la moví, no quería que nadie investigara —soltó una risita burlona y el rubio miró a su gente, que aunque parecían estar serios, sin que nada los intimidara, aunque por dentro estaban temblando—. Pero tú eres inteligente, tú eres un filósofo, un guardián.             —Quieres que tú historia se sepa, ¿no? —Zigor inquirió y escuchó una suave voz, él se giró pero la imagen de ella se desvaneció.             —La verdadera, Zigor. —contestó—. ¿Cuál es tu segunda pregunta?             — ¿Qué es lo que quieres hacer?             —Matar a Elan —confesó y todos los guardianes se miraron unos a otros—. Elan me arrebató muchas cosas, y también quiero romper sus reglas absurdas.             —Última pregunta: ¿Dónde estás? —hubo un largo silencio y luego soltó una carcajada ronca, él apretó los labios mientras su mirada viajaba de un lugar a otro, con desesperación.             —En el infierno, pero muy cerca de ti. Demasiado.             Zigor tomó con rapidez la flecha de Andrea y se giró para apuntarla en el cuello delgado de la diosa, ella soltó una risita y sus ojos se mantuvieron fijos. Nadie se movió, pero todos mantuvieron su atención en ella, incluso sus armas apuntándola. El rubio vio esos ojos y esa sonrisa que por noches enteras había aparecido en sus sueños, como dueña de ese lugar tan privado, las tantas veces que ella había estado de esa manera. Tan cerca.             —Eres tan bello —le susurró en voz baja—. Muy bello.             Con esas últimas palabras ella desapareció, todos alrededor soltaron el aire que contenían, Zigor después de unas ultimas fotos y recopilación de elementos, partieron de ahí. Las palabras de ella hacían eco en su cabeza, lo estaban atormentando. 
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