Así se sentía el despertar de la oscuridad.
Había sido una noche larga, sin noticias de la loba prisionera,Elara.
El silencio del amanecer fue roto por un estruendo violento.
El cielo, apenas iluminado por las primeras luces, se tiñó de rojo cuando los primeros cuerpos comenzaron a caer. Los gritos llenaron las calles del pequeño pueblo humano, interrumpiendo su monótona calma tras la desaparición de Kristal. Nadie había imaginado que el fin llegaría de esa forma: con alas negras, colmillos brillantes y ojos de fuego.
Un escuadrón de vampiros, sigiloso y letal, había dado con la ubicación del pueblo escondido en medio de la nada. La información había llegado por canales inciertos, todo era una oportunidad.
Y está pequeña comunidad era algo que no esperaban encontrar.
Los humanos corrieron, pero no había dónde esconderse. Las casas ardieron. Los hechiceros fueron los primeros en intentar defenderse, pero sus conjuros fueron fácilmente superados por la velocidad y ferocidad vampírica. Algunos lograron huir hacia los bosques. Otros no tuvieron tanta suerte.
Cadáveres desmembrados cubrían los caminos. Sangre en las paredes. Un olor dulzón que impregnaba cada rincón.
En medio del caos, una figura femenina cruzó los matorrales, jadeando. Descalza, con el cabello enmarañado, la piel cubierta de tierra y cicatrices. Era Elara.
Estaba en su forma humana, aunque su alma gritaba por volver a correr entre los árboles. El hechizo roto apenas le había devuelto una parte de sí misma, y la transformación previa la había dejado exhausta. No recordaba del todo quién era, pero sabía que el bosque la llamaba... y que debía correr.
Pero no corrió lo suficiente.
Un grupo de cinco vampiros la interceptó en un claro. Iban armados, con armaduras oscuras y las insignias del Reino de Azrael bordadas en el pecho. Sus ojos se posaron sobre ella con desconfianza inmediata.
—Una loba —escupió una vampiresa de cabello carmesí, acercándose con el filo de su espada desnudo.
Elara retrocedió. Su cuerpo temblaba. No habló.
—¡No hay necesidad de perder tiempo! Acabemos con ella.
La vampiresa levantó su hoja. Un movimiento limpio. Preciso.
—¡Espera! —ordenó una voz masculina desde atrás.
Elara giró lentamente. Otro vampiro, alto, de porte elegante y mirada calculadora, se acercaba entre los árboles. Llevaba una capa negra con bordes plateados y una espada colgando en la espalda. Su nombre era Cristian, uno de los comandantes más cercanos al Rey Azrael.
—Ésta no es una loba común —dijo, observándola con atención.
Elara se mantuvo inmóvil. No sabía si estaba a salvo o a segundos de morir.
Cristian dio un paso más y se detuvo frente a ella. Su mirada bajó por el cuello de la loba, notando las marcas del collar aún presentes. En su espalda, líneas de cicatrices marcaban un pasado de tortura.
—No habla. Mira sus heridas. Fue prisionera... durante mucho tiempo.
La vampiresa resopló.
—¿Y qué importa? Sigue siendo una loba. ¡Nuestros enemigos!
—No todos los enemigos llevan armas en la mano —replicó Cristian con calma—. Hay información en ella. Y poder. Mira sus ojos.
Los ojos de Elara eran dos lunas opacas, veladas por el trauma pero con un brillo antiguo y latente. Había algo en su aura que descolocaba incluso a los más experimentados.
Cristian se volvió hacia sus soldados.
—La llevaremos al castillo. El Rey Azrael decidirá su destino.
—¿Estás seguro de eso? —preguntó otro guerrero.
—Más que nunca. No la toquen.
Sin protestas adicionales, los vampiros rodearon a Elara. Uno le entregó una capa para cubrir su cuerpo sucio y rasgado. Ella no dijo nada. Su mente era un torbellino. Cada imagen que intentaba formar se disipaba como humo. Solo tenía una certeza: estaba lejos del pueblo. Lejos de Kristal. Lejos del dolor.
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Caminaron durante horas. Cruzaron bosques, arroyos, zonas brumosas. Elara tropezaba de vez en cuando, pero Cristian la ayudaba sin decir palabra. Su presencia era extrañamente reconfortante.
Cuando por fin avistaron las torres negras del Reino Vampírico, un escalofrío recorrió su columna. Las murallas se elevaban como cuchillas de obsidiana contra el cielo nocturno. Y sin embargo, no sintió miedo. Algo dentro de ella susurró que este lugar, aunque oscuro, no era una cárcel.
Era una posibilidad.
Elara no sabía lo que vendría. Ni que el Rey Azrael, un ser temido incluso por los suyos, quedaría intrigado ante su presencia. Pero en ese momento, mientras cruzaba los portones gigantes con la mirada perdida y los pies descalzos, una verdad comenzaba a tejerse en su pecho.
El pasado no estaba tan lejos como creía. Y su historia... apenas comenzaba.