¿No será demasiado?
Pienso en todo el año que nos queda para poder estar juntos, me parece mucho, muchísimo tiempo. Pero Mateo me había prometido que después estaría conmigo, y si ese era el final del camino, el resto lo recorrería viniera lo que viniera, no me importaba, lo quería a él.
Me acaricio el colgante con forma de piano que me regaló ya hace dos semanas, por mi cumpleaños, pensando con una sonrisa que él también lleva uno, con mis iniciales pegadas a su pecho, muy cerca de su corazón.
Esa mañana decido darme un buen baño, de esos larguísimos, con sales y espuma.
Preparo el agua hasta que está a la temperatura correcta, o sea, bastante caliente y me introduzco quemándome y aguantando, ya que enseguida me acostumbrar. Me sumerjo hasta el cuello y me relajo al instante, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos...
— ¡Oh, Alejandra! — Mateo entra al baño, sorprendiéndose al verme ahí. Al mirarlo, lo encuentro tapándose los ojos con una mano y con la otra buscando a ciegas el picaporte para poder irse.
— Vamos, Mat — Río al ver la escena — Ni que no hubieras visto nunca a una mujer desnuda, además, esto está lleno de espuma, tranquilo.
Se destapa un poco los ojos, muy poco. Y me mira en la bañera, con su rostro en una mezcla de deseo y tensión.
— Lo siento... pensaba que no había nadie. Cierra el cerrojo la próxima vez, ¿vale? Podría entrar cualquiera.
— Mamá no me deja encerrarme por si me pasa algo. Imagina que me da un mareo, o me caigo... y la puerta está cerrada, ¿entonces qué?
— Pues no sé, Ale. Pon un cartel de ocupado — Sonríe, girándose y abriendo de nuevo.
— Espera, Mat — Digo ahora, mordiéndome el labio inferior — ¿Me pasas la toalla?
— No, Alejandra. No te paso la toalla, me voy, porque como venga alguien y me vea aquí dentro contigo metida en la bañera, ni tú ni yo sabremos cómo explicarlo.
— Pelma — Le saco la lengua en modo de burla y el sonríe moviendo la cabeza a ambos lados antes de irse.
Me seco lentamente y salgo con la toalla alrededor de mi cuerpo. Me peino, me seco el pelo, y bajo a cenar. Milagros ya está esperándonos, al parecer soy la primera.
— Hola, Mila — Saludo amable — ¿Cómo está mi segunda mamá?
— Orgullosa de mi pequeña Alejandra, aunque ya no sea tan pequeña... — Me acaricia la cabeza — Parece mentira lo que has crecido y... sobre todo lo que has aprendido.
— Dicen que los años te dan sabiduría, ¿no? — Le sonrío.
— Si — Se sienta a mi lado, cogiendo mi mano y pensando bien en las palabras que va a pronunciar — ¿Cómo va la historia con Mateo?
— Pues... despacio, Milagros. Pero va hacia adelante, que es lo importante.
— Eres muy valiente al arriesgarte por una relación como esa, Mateo es un buen hombre, pero nunca ha sido feliz... — Frunce el ceño, parece preocupada — Espero que consiga hacer que tú lo seas.
— Ya lo hace sin querer, ¿sabes? No sé que tiene, pero solo verlo unos minutos al día es suficiente para saber que quiero seguir esperándole.
— ¿Tu padre qué piensa?
— Papá no sabe nada, y mamá... tampoco sabe demasiado, solo que estoy enamorada de él. Lo que no sabe es que él lo está de mí, o al menos intenta dejar todo su pasado atrás para poder quererme.
— Estoy segura de que lo hará.
— Mila, esto quiero que se quede aquí, ¿vale? Prefiero que mamá siga sabiendo lo justo y necesario, al menos por ahora — Bajo la voz.
— Tranquila, hija. Será nuestro secreto — Sonríe con ternura, ¡qué buena es! Ojalá nunca deje esta casa. Muchísimas veces, cuando he necesitado un padre o una madre y no han podido estar por su trabajo, ella estaba ahí, apoyándome como ellos lo hubieran hecho, como si fuera de mi propia familia, y así la sentía en mi interior.
— Uy, Uy, Uy... ¡confesiones de mujeres! — Entra papá haciendo gestos con las manos, acompañado de Mateo, serio y con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón. — No sé si asustarme o alegrarme — Se inclina, dejando un beso en mi cabeza.
— Siempre que veas a tu hija contenta debes alegrarte, papá.
— Tienes razón, cielo. — Se sienta frente a mí, quitándose la parte de arriba de su traje y colgándolo en el respaldo de la silla — ¿Y qué era eso de lo que hablabais?
— Tal y como has dicho... confesiones de mujeres. — Alzo ambas cejas ante su mirada divertida.
— ¿Ah, sí? ¿Y esas confesiones no tendrán nada que ver con ese novio tuyo? — Yo sonrío, ya que papá no tiene ni idea de lo que pasa, pero Mateo, que en ese momento estaba bebiendo un trago de su copa de vino, se atraganta, empezando a toser.
Pongo los ojos en blanco, vaya un disimulo...
— Tranquilo Mat, no vayas a ahogarte... — Intento así que pase desapercibido su repentino ataque de tos. — Y papá... si, hablábamos de mi querido enamorado, que no novio.
En ese momento entra mamá y podemos empezar a comer, por lo que termina la incómoda conversación.
***
— ¿A quién se le ocurra atragantarse en un momento como ese? — Pregunto a Mateo esa noche, yo sentada sobre el balancín y él apoyado en la pared con un cigarro entre los dedos.
— Me estoy volviendo paranoico, Alejandra. — Da una larga calada — Cada palabra que dice ahora tu padre, creo que va por ti y por mí. Como si lo supiera todo.
— No sabe nada, tranquilízate.
— No, no puedo tranquilizarme. — Pega otra calada, tirando ya el cigarro y pegándole un pisotón enfadado — ¿Sabes lo que pasaría si tu padre se entera, lo sabes?
— No — Me encojo de hombros — No tiene porqué pasar nada. Quizá le guste que su hija y su mejor amigo sean felices juntos.
— Ojalá la vida fuera tan fácil como tú la ves en tu cabeza, Ale. Pero no lo es. Tu padre me mata, y a ti... te manda al peor internado que encuentre.
— Pues me da igual... porque saldría cuando tuviera dieciocho años y estarías en la puerta esperándome para llevarme a Australia — Le sonrío, mirándolo de arriba a abajo. Quizá sean mis ojos, pero cada día está más guapo.
— Yo estaría muerto, ¿recuerdas? — Alza una ceja, intentando no sonreír.
— Que va, papá no lo haría — Hago un gesto con la mano quitándole importancia al asunto.
— ¿Qué no? Cogería una pistola y me pegaría un tiro aquí — Señala un punto entre ceja y ceja y no puedo evitar soltar una carcajada.
— Te digo que no, Mat. Porque me pondría delante y le diría que para matarte a ti, tendría que matarme a mí primero.
— ¡Qué exagerada eres, mi niña! — Exclama, poniendo un brazo sobre mis hombros y así acercándome a él.
— ¡Lo digo en serio! — Río, apoyando la cabeza en su hombro ahora que lo tengo tan cerca. No puedo sentirme mejor ahora mismo, al lado de la persona con la que llevo soñando tanto tiempo... — Si a ti te disparan, yo sangro, Mateo.
— Mi pequeña... — Susurra en mi cabeza, dejando un beso casto — Qué lento se me va a hacer todo este año. Te quiero conmigo ya.