Después de lo que le pareció una eternidad, Aisha abrió los ojos. Un zumbido sordo le atravesaba los oídos, y una punzada aguda le taladraba la sien. Todo era confuso: olores a desinfectante, luces blancas, sábanas ásperas… pero poco a poco, una figura comenzó a definirse frente a ella. Smith Conce. Su rostro estaba a solo unos centímetros del suyo, pálido, con los ojos turbios, inundados de preocupación y arrepentimiento. —Tranquila… —susurró él, acercando una mano temblorosa a su rostro—. Estás bien, ya pasó todo. Aisha intentó mover el cuello, pero un dolor punzante la obligó a contener un grito. El cuerpo le pesaba, como si hubiera sido arrastrado por un vendaval. —¿Qué… qué pasó? ¿Dónde estoy? —preguntó con voz ronca, la garganta reseca por horas de inconsciencia. —Te atropelló un

