"La Arrogancia en Pie y rostro de Ángel"

1045 Palabras
La vergüenza la envolvió como una manta húmeda, paralizándola por unos segundos. Tragó saliva, intentando recuperar la compostura mientras escuchaba la explicación de Janet, quien lucía tan incómoda como ella. —Este caballero lleva un rato esperándote —informó la asistente, empujando sus lentes de lectura con nerviosismo. ¿Y cómo no estarlo? El hombre la observaba con una intensidad que la hizo sentir como un insecto bajo un microscopio. El calor le subió a las mejillas, tiñéndole el rostro de un rojo carmesí. La situación no podía ser más humillante: frente a ella, el mismo hombre que la había cautivado en el restaurante, presenciaba su momento más bochornoso. —Pido mil disculpas. De verdad, lo siento mucho —murmuró, vencida, mientras se sentaba con las manos cubriéndose el rostro, luchando por contener las lágrimas. Era evidente que aún no sabía controlar sus emociones. Ser millonaria y vivir rodeada de privilegios la había hecho más frágil de lo que imaginaba, como un árbol carcomido por termitas. —¿Estás bien? —preguntó Janet, acercándose con una mezcla de confusión y preocupación. Llevaban meses trabajando juntas, pero nunca la había visto tan alterada. Entre el dolor punzante en el pie, la resaca emocional del mensaje de Smith y ahora la presencia de Edrik Carlson, se sentía al borde del colapso. —No… La verdad, necesito un podólogo —respondió con voz ahogada, deseando que aquellos ojos verde-azulados que la escrutaban desaparecieran. —No te preocupes, conseguiré uno —replicó Janet con amabilidad. —Yo puedo ayudarla con eso, señorita —interrumpió una voz profunda y educada. Alzó la vista. Frente a ella estaba Edrik Carlson, imponente y sereno. Su estatura, su porte, su mirada… todo en él irradiaba una autoridad que la intimidó. Sus ojos, una mezcla desconcertante de verde y azul, la desconcertaron al punto de olvidar por un segundo lo que iba a decir. —Se lo agradecería mucho, caballero. Esto es una tortura. Pero, por favor, pase y dígame en qué puedo ayudarle. Con vergüenza, retiró la bota y el calcetín ensangrentado de la mesa, intentando recuperar algo de profesionalismo. —Soy Edrik Carlson, el patrocinador de Adrián. Vine por las fotografías que tomó ayer —explicó mientras tomaba asiento frente a ella. Su tono era cortés, pero su mirada penetrante la hacía sentir vulnerable. —Señor Carlson, lamento informarle que las fotografías aún no están listas. En unas horas estarán disponibles. No sabía que vendrían por ellas tan pronto —respondió, esforzándose por mantener la compostura mientras miraba el reloj. Su editor no debía tardar. —Señorita, nunca doy aviso de mis visitas. Soy el jefe, y por algo no aviso. Sin embargo, como ha llegado tarde y sin el trabajo a la mano, esta vez será perdonada. Entiendo que está convaleciente. Ahora sígame; la llevaré con un especialista. Su tono, lleno de autoridad, no dejaba espacio a objeciones. Se levantó y ajustó el botón de su abrigo oscuro con un gesto elegante, señalando la puerta. —Es muy amable, señor Carlson, pero no dispongo de tiempo ahora. Como dijo, llegué tarde y tengo mucho trabajo por hacer, incluyendo el suyo —respondió con educación, pero sin ceder. Recogió su bolso y la cámara que descansaban en el sofá. Siempre llevaba libros y pensamientos llenos de fantasía consigo; eran su refugio en los lugares donde pasaba más de tres horas. Pero la firmeza de su voz ocultaba una lucha interna: aquel hombre, con sus modales autoritarios, empezaba a irritarla. —Creo que no entiende. Su tiempo y su salud me pertenecen ahora. No necesito su permiso. La esperaré afuera, y detesto esperar —sentenció él con arrogancia antes de marcharse. Lo observó salir, sintiendo una mezcla de rabia y desconcierto. —¿Quién demonios se cree este tipo? —murmuró, buscando su celular para llamar a Adrián. Tres timbres después, la voz de su primo apareció al otro lado de la línea. —Hola, enana, ¿qué haces? Estoy a punto de una carrera, así que no tengo mucho tiempo. ¿Pasa algo en casa? —En casa todo está bien. Te llamo porque un tipo odioso está aquí creyendo que es mi jefe y dueño. —¿Edrik está allí? Pensé que solo llamaría, pero con él nunca se sabe. Es mi patrocinador, usaré sus autos. Trátalo bien; es fastidioso y severo, pero en el fondo es un buen tipo. Te dejo, me toca correr. Gracias, te debo una. Enana. —¡Deja de llamarme así! —alcanzó a decir, pero Adrián ya había colgado. Suspiró, mirando al techo con frustración. —"Enana"… Este no tiene perdón de Dios —refunfuñó. —Señorita, el señor Carlson se impacienta al esperar —anunció un hombre uniformado, acompañante de Edrik, con impecable presentación. Reprimió las ganas de mandar todo al diablo. —Dígale al señor Carlson que en un minuto salgo. Se levantó, decidida a enfrentar al magnate del whisky. No iba a permitir que la intimidara. Ella también tenía carácter, y no pensaba ceder ante su arrogancia. Caminó hacia el espejo, ajustando su cabello y retocando el labial. Necesitaba proyectar seguridad, aunque por dentro se sintiera como un flan. Al salir de su oficina, Edrik Carlson la esperaba con los brazos cruzados y una expresión impasible. Su presencia llenaba el lugar, irradiando un poder que la hizo sentirse diminuta. —¿Listo para irnos? —preguntó al chofer con una sonrisa forzada. —Por supuesto. El señor estará contento —respondió el hombre, con un tono que no dejaba dudas sobre la impaciencia de su jefe. Caminaron en silencio hasta el auto, un elegante sedán n***o que parecía sacado de una película de espías. El chófer abrió la puerta, y Edrik le indicó con un gesto que entrara. El interior era lujoso, con asientos de cuero y un ambiente climatizado que le brindó algo de alivio tras el sofocante calor del estudio. Aisha se acomodó en el asiento con rigidez, sin atreverse a mirar a Edrik, quien ocupaba el lugar junto a ella con una calma perturbadora. Él se limitó a observar por la ventana mientras el chófer iniciaba la marcha, como si estuviera meditando sobre asuntos mucho más importantes que su presencia allí. El silencio entre ellos era espeso, casi tangible,
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