Aisha no tuvo tiempo de reaccionar. Dos hombres, que aparecieron de la nada como sombras, volvieron a atarla y amordazarla sin mediar palabra. La metieron a empujones en otro vehículo. En el asiento trasero, Edrik se acomodó junto a ella, sin mirarla, revisando su teléfono con desinterés, como si llevarla secuestrada fuera parte de su rutina diaria. El trayecto fue un silencio tenso e incómodo. El auto finalmente se detuvo frente a una mansión iluminada por luces de fiesta. Aisha abrió los ojos, incrédula. Reconoció el lugar de inmediato: era la residencia de su tío. La fiesta seguía en marcha; música, risas y copas llenaban el aire de una falsa alegría. Entre los asistentes, distinguió a Adrián, rodeado por algunos corredores del equipo de su padre. —Santa mierda, Edrik. Si mi papá te v

