Aisha se mordía las uñas, nerviosa, mientras el sonido del agua golpeando la cerámica del baño nuevamente llenaba la habitación. Sus pensamientos, traicioneros, la llevaban directo a una imagen que no deseaba admitir: Edrick, bajo la ducha, como el amanecer sobre la ciudad el agua deslizándose por su piel, marcando cada línea de sus músculos. Sacudió la cabeza con fuerza, como si así pudiera expulsar de su mente la imagen que comenzaba a prender fuego a su calma. Pero no tuvo tiempo de escapar del todo. La puerta del baño se abrió de golpe, arrastrando consigo una nube de vapor perfumado. Aisha se giró bruscamente, con el corazón acelerado. —¿Podrías cubrirte, por favor? ¿Acaso no tienes vergüenza? —dijo, sin poder evitar que su voz temblara un poco. Edrick apareció con la seguridad de

