Después del desayuno —que esta vez había sido preparado por la mujer de servicio—, Edrick informó con su habitual tono seco que irían a una clínica para realizar los análisis de sangre requeridos para completar el papeleo matrimonial. El sábado al atardecer, Aisha se convertiría oficialmente en la señora Carlson. Un suspiro escapó de sus labios. Tan poco tiempo para organizar un evento así, por más sencillo que pretendiera ser. Pero, como bien decía el conocido refrán: el dinero lo puede casi todo. Al entrar al edificio, una mujer con una sonrisa resplandeciente y pestañas tan largas y rígidas como cortinas mal planchadas se acercó a ellos. —Buenos días, señor Carlson —saludó con entusiasmo. Aisha disimuló una sonrisa al ver la exageración del maquillaje, aunque la escondió rápidamen

