La mañana siguiente... La brisa helada de Moscú le cortó la piel apenas descendió del vehículo, como si la ciudad misma lo recibiera con un abrazo gélido y despiadado. Caminó con paso firme, flanqueado por su hermano y Santiago, mientras los hombres que confiaban en su liderazgo los seguían en silencio, dejando huellas invisibles en la nieve. El lugar al que se dirigían no era digno de un hombre con su reputación actual, pero la situación lo requería. Su esposa había sido secuestrada, y todas las pistas lo conducían hasta el corazón de esta tierra maldita. La mansión a la que llegaron pertenecía a un viejo conocido: un patriarca de la mafia rusa que alguna vez había sido aliado y leyenda. Sin embargo, el hombre que los recibió estaba lejos de ser esa figura temida. Su cuerpo encorvado y

