Luego de la cremación de los cuerpos de Nana y Javier, salí de la capilla velatoria acompañada de mi madre y Gregorio. Estaba allí, con ellos, pero a la vez no lo estaba. Me sentía ausente entre las personas. Mi madre palmeó suavemente mi mano para regresarme a la realidad. La miré y vi que tenía sus cejas hundidas.
—¿Te sientes bien? —Debí responder que no, pero moví mi cabeza para hacerle saber que sí lo estaba— Tu amigo me dice que te llevará a casa de Javier ¿Podrás estar tranquila en esa casa?
—Sí, tengo algunas cosas allá que quiero llevarme a casa —Mentí, a medias.
—Bien, tómate el tiempo que necesites —Besó mi frente— Sé que será difícil, pero debes dejarlo ir —«No pude hacerlo en vida, mucho menos podré hacerlo ahora.» Gritó mi otro yo en mi mente. Le di la razón.
Lo único que quería sacar de esa casa eran mis recuerdos, borrar mi rastro de ese lugar y alejarme de allí para siempre. Me despedí de mi madre, Gregorio me abrazó y me guio hasta su auto. Apenas estuvimos a solas, comencé a llorar de nuevo. Goyi no dijo nada, dejó que me desahogara mientras conducía a casa. Al llegar, me bajé y me quedé contemplando la fachada. Gregorio me abrazó y lloró conmigo.
—Ya nada será igual en éste lugar —Murmuré en su pecho.
—Su madre me dijo que se hará un novenario en la iglesia por Nana y por Javier —Lo miré y elevé una ceja.
—Javier no era creyente ferviente.
—Ante los ojos de su madre, sí lo era —Encogí mis hombros y busque la llave para abrir la puerta. Apenas entramos, percibí su perfume. Maldita sea, esa casa estaba impregnada con su aroma, no soportaría estar allí sin él— ¿Cuánto tiempo te quedarás aquí?
—No lo sé —Sequé mis lágrimas— Tal vez un par de días, no más.
—¿Quieres que te acompañe?
—Te avisaré si necesito que me rescates —Sonreí y él me abrazó antes de marcharse.
Vi llegar a Richard, al bajar de su camioneta saludó a Gregorio antes de que él subiera a su auto y entró a la casa cerrando la puerta detrás de él. Por alguna extraña razón, su aptitud me desconcertó.
—Ana, ven acá —Ordenó mientras subía las escaleras. Lo seguí hasta la habitación de Javier— Siéntate —Me senté en la cama y él me miraba con sus cejas hundidas, parecía molesto por algo. Bajé la mirada— Ambos perdimos a alguien especial en nuestras vidas, lo entiendo, pero no permitiré que andes arrastrándote por el suelo. No me gusta y no le gustaría a Javier —Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Cómo no llorar por él? —Murmuré entre lágrimas.
—Pues… si quieres llorar, hazlo por mí que sigo con vida —Levanté mi mirada y él ladeó una sonrisa.
—¡Eres insensible!
—Ana, yo sólo cumplo órdenes de tu dueño —Ladeé la cabeza confundida— No me mires así. A ti te dejó un sobre, léelo para que sepas cuál es tu deber ahora. Yo, ya sé cuál es el mío.
—¿Serás mi dueño ahora? —Richard sonrió.
—No, no lo seré —Dejó de sonreír y su rostro se transformó en una llena de perversidad— A menos que te obligue… Pero no, mi deber es cuidar de ti mientras te repones.
—Algo así como… —Hice una rueda con mis manos— Mi amigo psicólogo...
—Podrías verme… digamos que… más bien, soy tu dueño temporal —Se acercó y se sentó a mi lado— Si tu hubieses sido mi esclava y el difunto en éste instante fuese yo… Créeme que Javier se habría tomado a pecho su puesto y ya te estaría azotando para que lloraras con muchas ganas.
—Es cierto —Me hizo sonreír— La sensibilidad no era una de sus cualidades.
—No lo era, y tampoco es la mía —Guiñó un ojo y se acercó a mí— Digamos que… somos indolentes ante el sufrimiento de nuestras chicas —Susurró en mi oído.
—Richard, no necesito a un nuevo dueño —Me levanté— Y si esperabas cogerme, mejor te bajas de esa nube —Richard sonrió.
—No, no era lo que quería hacer —Se levantó y buscó el sobre marrón que yo había guardado en un cajón. Lo sacó y me lo ofreció— Quiero que lo leas y por la mañana me digas qué decides hacer —Miré el sobre, lo agarré y lo guardé de nuevo.
—Ese sobre nunca será abierto —Exclamé molesta— No quiero su voz resonando en mi cabeza.
—Es tu deber…
—¡NO! —Grité furiosa— ¡Ya no lo es!
—Sabes que eso no lo decides tú…
—No seré más el títere de nadie —Richard se acercó y me haló el cabello con fuerza para que lo mirara.
—Escucha muy bien —Sus labios estaba muy cerca de los mío, su aliento a ron golpeó mi rostro ¿En qué momento estuvo tomando?— No importa a donde vayas, no importa qué hagas con tu maldita vida, y no importa si te casas y tienes mil hijos o mil abortos. Si él llama, tu dejas todo por él —Me solté de su agarre.
—¡Ya no llamará! —Dije molesta— Soy libre de hacer lo que… —De nuevo me haló el cabello.
—Escucha bien Condesa —El tono de su voz y su mirada me hizo temblar— No eres libre de nada. No importa si estás acá o en el más allá. Si su voz te llama, tu obedeces ¿Entendiste? —Mis ojos de nuevo se llenaron de lágrimas.
—¡Eso no sucederá! Entiéndelo de una… —Sus labios callaron los mío. Me solté y antes de que dijera algo él cubrió mi boca con su mano.
—¡Sucederá! —Su seguridad me asustaba— Nunca dudes de eso —Su mano se alejó de mi boca.
—Entiende que esto es la realidad, no es una maldita película. Él no va a volver —Su mano libre rodeó mi cintura para acercarme a él. Su mano en mi boca se deslizó hasta uno de mis senos. Volvió a besarme y de nuevo lo evité — Por favor, Richard —Me solté de su agarre— No quiero esto.
—Está bien, respetaré lo que pides —Caminó hasta la puerta— Iré al supermercado, luego me ayudarás con la cena —Salió y me dejó sola.
Suspiré cansada, mi corazón latía con fuerza. La cercanía de Richard siempre me ponía nerviosa y ansiosa, él lo sabía y por eso hacía de mí lo que quería; siempre que yo se lo permitiera. Ésta vez no pude soportar su contacto. La ausencia de Javier era real pero a la vez no lo era. Continuaba ejerciendo su dominio sobre mí y esta vez Richard se encargaría de hacer su cumplir su promesa.
Entré al baño y decidí ducharme. Tal vez con el agua caliente podría descansar rápidamente y olvidaría, por unas horas, lo que en realidad sucedía. Sequé mi cuerpo y sin más, salí del baño para dejarme caer sobre la cama. Las sábanas aún conservaban el olor de nuestros cuerpos. Abracé su almohada y rogué a Morfeo que me llevara con él y no me dejara regresar de nuevo.
Unas manos rodearon mi cintura, creí que Richard había regresado pero, al mirar, no pude evitar entrar en un estado de pánico. Javier estaba detrás de mí, abrazándome, como siempre lo había hecho. Rápidamente me volteé y me dije a mí misma que era sólo un sueño o una alucinación, no podía ser otra cosa.
—No es posible —Murmuré para mí— Sólo eres un espejismo. Yo misma vi tus cenizas.
—¿Estás segura que eran mis cenizas? —Su voz no resonaba en mi cabeza, era tan real como yo lo era. Me giré y lo miré a los ojos. Su mirada oscura seguía allí, absorbiendo todo de mí a través de ellos.
—Sí, vi tus cenizas —Dije nuevamente.
—¿Acaso viste mi cadáver para alegar que esas son mis cenizas? —Ladeó una sonrisa— ¿Viste mi auto destrozado?
—No, no los vi —Él se levantó y salió de la habitación. Rápidamente me levanté y lo seguí.
No lo encontré por ningún lado. Regresé a la cama y lloré hasta que Richard entró a la habitación para decirme que ya había llegado. Al verme como un ovillo en la cama, me abrazó con fuerza y besó mi frente.
—Ana, no te atormente más —Susurraba sobre mi cabeza— Esclarece tus dudas leyendo lo que él te dejó.
—¡No! Me niego a leerlo —Me solté de su abrazo y me levanté— No hay nada en ese maldito sobre que alivie lo que siento.
—¡Eres más terca que una mula! —Se quejó molesto— Lee esa mierda y deja de llorar por un caso perdido.
—Pues lloraré ese caso perdido hasta que mis ojos se sequen y mi corazón se convierta en una maldita piedra —Abrí los cajones y busqué algo para cubrir mi cuerpo, encontré un pantalón deportivo y una franela Adidas. Richard me miraba desconcertado.
—¿A dónde vas? —Preguntó al verme salir de la habitación.
—Eso no te incumbe… —Bajé las escaleras.
—¡Ana!
—No quiero saber de ti… —Cerré la puerta y me alejé de la casa lo más rápido que pude.