— ¿De qué hablas? — Sonreía y de nuevo endurecía el semblante. No puede fracasar intentando disimular el sentimiento de euforia. — Te estoy diciendo que me llamaron. Anoche... — Suspiró. Quería qué le creyera. Era la única persona a la cual puede comunicarle lo qué está pasando y tal vez, le entenderá. — ¿Dónde estás? — Saliendo del Basílico. — Miró de lado a lado de la calle y se detuvo al ver una camioneta de vidrios oscuros, detenerse un par de metros cerca a él. — ¿Qué haces tú allá? — Le molestó la ubicación del hombre. Se levantó de la silla reclinable en la que descansaba la llenura del bufet que ordenó para el desayuno. — Tuve otro problema en la casa… con Lorena — Aceptó frustrado. — ¿Sigue dando lata la mujercita? Debiste matarla — Se burló. — No insistas Rafa, la su

