CAPITULO 💙ILUSIÓN O REALIDAD💙

2234 Palabras
AMELIE APAFI. ─── ∙ ~εïз~ ∙ ─── Abro los ojos y sigo en el bosque. El ocaso muere lentamente, dando paso al anochecer me pongo de pie. La cabeza me da vueltas y recuerdo lo ocurrido. —¿Lo que vi es real? Mis ojos no me engañan. Lo sucedido momentos atrás no es posible, esto debe tener una explicación, lo que vi no es posible. —Despertaste. —¡Lucien! —su voz me hace dar un respingo, llevo mi mano izquierda al pecho, intentando calmar el golpe sordo de mi corazón. Está frente a mí, inmóvil, con Nebra a su lado, me acerco —. ¿Está lastimado? Niega con la cabeza. No habla de inmediato. —Este chico está bien, solo un poco ansioso y asustado por la caída pero nada más —acuna el hocico del caballo con una calma que no encaja con la rigidez de sus hombros. Suspiro de alivero el aire no me llena del todo. Luego recuerdo. —Lucien, lo que vi… —Olvida lo que viste, Amelie —dice, y su voz es dura, cortante. No me mira da un paso al costado, como si ya hubiera terminado. —Está bien si no quieres hablar —digo—, pero sé lo que vi. También sé que una persona común no podría hacer lo que tú hiciste por mí. —¿Ah si? —se acerca un paso, dos me obliga a retroceder—. Y según tú, ¿qué fue lo que viste? —pregunta y ahora sí me mira sus ojos verdes me taladran. Siento el tronco del roble contra mi espalda, no bajo la mirada. —Sé lo que vi, Lucien y aunque intentes negarlo no puedes ocultarlo —mi voz tiembla, pero no cedo. Su silencio es respuesta suficiente. Toma mi mano con brusquedad y me entrega la brida del caballo. —Escucha bien, esto solo lo repetiré una vez, cree lo que te plazca niña. Es momento de irme. —Tus manos. Se detiene y gira lentamente. Su mirada esmeralda se clava en mí, el ceño se le frunce. —¿Qué has dicho? —pregunta con voz afilada. —Aquella noche —mi voz baja, pero no tiembla—, tus manos estaban heladas. De nada sirve ocultarlo, Lucien no sé lo que eres pero puedo intuirlo, mi madre solía contarme acerca de unas enigmáticas criaturas de grandes habilidades — «Amélie, lo que dices no tiene sentido». Nunca habría pensado que sus relatos fueran una realidad, pero ahora Lucien me hace dudar. —Ve a casa, Amelie —dice, sin alzar la voz. Parece cansado o tal vez solo quiere que me vaya—, y solo olvida lo que ha pasado. —Gracias, Lucien —respondo, me mira con extrañeza. Por un instante, su gesto cambia, la dureza se desvanece parece… sorprendido. Agradecido, tal vez. —Quita esa cara. Tú me salvaste y yo sé agradecer. Lo mejor es dejar el tema por la paz. —Lo siento. Todo es mi culpa. No debí citarte aquí y pedirte semejante cosa, Lucien. Subo a Nebra. El caballo camina inquieto. Echo una última mirada atrás. Lucien sigue allí, inmóvil, envuelto en sombras. Lo mejor es irme, hacer lo que me pidió olvidar lo ocurrido eso es lo menos que puedo hacer. ──𖥸── LUCIEN VON MUNTEAN. ─── ∙ ~εïз~ ∙ ─── Algunas semanas han pasado desde el encuentro en el bosque Băneasa. La petición de aquella muchachita aún me parece absurda. Estoy sentado en la biblioteca, el libro abierto sobre mis piernas, aunque hace rato dejé de leer. El fuego en la chimenea chisporrotea, pero yo no siento el calor. —¿Qué te tiene tan distraído? Levanto la vista. Juliette está frente a mí, con sus ojos verdes brillantes y el cabello castaño claro cayéndole sobre los hombros. No la escuché entrar y menos la sentí acercarse. —Juliette —digo, cerrando el libro con una mano. —Lamento interrumpir, Lucien, pero bueno… —No te preocupes. Dime. —Para nadie es un secreto que aquí solo soy la huérfana incómoda —dice, y su voz tiembla apenas—, en cuanto tu hermano regrese… yo me iré. Guardo silencio. Juliette llegó siendo una niña. Dorian la acogió después de que cazadores de vampiros mataran a su familia. No es sangre de mi sangre, pero la he tratado como hermana. —Yo no quiero que te marches —respondo—, pero sé que te duele seguir aquí. Lo entiendo. Lo respeto. Eso no quita que te extrañaré. Sonrío. Es un gesto forzado. Termina como una mueca. —También te extrañaré mucho —dice, tomando mis manos—, no se puede hablar de libros con mucha gente. Y mucho menos de herbolaria, pero no te preocupes iré a Italia. Serviré como doncella a un m*****o importante del consejo. —Entiendo —respondo, poniéndome de pie. Ella también se levanta. —Por cierto… hay alguien que quiere verte. —¿A mí? —pregunto, dejando el libro en el estante—. Jul, ¿estás segura de que es a mí? Asiente. —Una muchacha y un joven. Dicen venir de Austria. Sale de la biblioteca sin esperar. La sigo por los pasillos de piedra, donde las antorchas parpadean con el viento que se cuela entre las grietas. El aire es frío, denso. No recuerdo a nadie de Austria. Llegamos a la estancia. Dos figuras esperan con Anka: una pelirroja de mirada decidida y una doncella a su lado. En cuanto entro, Anka me mira con ironía. —Parece que Dorian no es el único al que le gusta andar con humanos. Pero de ti, ya nada podría esperar. La albina se gira y sale sin decir palabra, fría, rápida Juliette la sigue con la mirada, luego me observa. Yo asiento una vez ella va tras ella. Me acerco a las recién llegadas. Las conozco las vi con Sophia, en casa del vizconde Apafí. —Buenas tardes, señoritas —saludo, inclinando ligeramente la cabeza—. Me dijeron que me buscaban. ¿Para qué? —Así es, lord Lucien —dice la pelirroja. Mira a su doncella—, Juleka, retírate. —Señorita Mignonette, no puedo dejarla sola… —Ya te dije que me digas Molly. Mignonette es muy largo. Ahora retírate solo será un momento. La doncella obedece. Cierra la puerta al salir. —Vine porque tenía algo que devolver —dice la joven—, mi prima me pidió entregarte esto. Extiende un paquete envuelto en tela blanca. Lo tomo, lo abro es la capa que llevaba ese día, la que usé cuando la vi por primera vez. Arqueo una ceja, es solo una prenda. ¿Por qué devolverla? —Amelie me dijo que se la devolviera —dice la pelirroja—, en uno de sus bolsillos encontró algo que es probable que para usted tenga valor. Sus palabras me detienen. Recuerdo entonces que dentro de la capa guardo mi diario. No es solo un cuaderno, es más que eso en sus páginas están mis poemas, mis pensamientos más profundos, mis memorias de la guerra. También está registrado todo sobre mis recaídas, los métodos que uso para mantenerme estable, las noches en las que el hambre casi me vence. Si esa chica leyó su contenido, estoy expuesto. —Mi prima también me dijo que le diera esto —añade Molly, extendiéndome un sobre. Tomo el papel entre mis manos. El sello de lacre es idéntico al último: una rosa, ligeramente desgastada. El mismo perfume impregna el borde: jazmín y humo. —Gracias —me limito a responder —no sé qué más decir. En mi cabeza solo gira una idea «¿Habrá leído el diario?» —Lord Lucien —habla la muchacha, llamando mi atención—. ¿Está bien? Le veo preocupado. Niego ante la pregunta de la pelirroja. —No estoy bien. —Bueno, siendo así, me retiro —dice—, no quiero quitarle más su tiempo. Gracias por recibirme, y por ayudar a mi prima en Băneasa. Mi tío Michael dice que no debe salir sola, pero mi prima no obedece. Se gira y sale de la estancia. La puerta se cierra. Quedo solo. No espero ni un segundo. Abro la carta. (Una vez más, gracias por ayudarme, Lucien. Se que en este momento te preguntarás si leí el contenido de aquel diario y la respuesta es no puedes estar tranquilo, se que tienes tus secretos y también se que así deben seguir). Doblo la hoja con cuidado. La guardo dentro del diario de cubierta oliva. Suspiro. El nudo en el pecho se afloja. Sé que Amelie es sincera. Sé que respetó mi privacidad. Pero aun así, vuelvo a pensar en su petición, aquella que me hizo en el bosque, tan extraña, tan descabellada. —¿Qué tendrás en mente, mi lady lios? —murmuro. No tengo dudas Amelie es una estratega. Pero la pregunta que no puedo responder es esta ¿Por qué pedírmelo a mí, precisamente? ──𖥸── Estoy molesta, frustrada me siento con las manos atadas. Arranco la cabeza de una rosa roja con furia. El tallo se clava en mi palma la sangre brota, lenta no duele pero el gesto sí. Por un segundo, me veo a mí misma la vampiresa que cuida sus rosas como si fueran hijos, ahora destrozando lo único que me queda de calma. —Anka —llama Sophia, preocupada. Corre hacia mí, saca un pañuelo, quiere envolver mi mano. —¿Por qué hiciste eso con tus rosales? —pregunta, confundida. Ella no entiende que a veces destruir es lo único que nos hace sentir vivos. Retiro mi mano de un tirón. —No es tu asunto. No te metas, humana. —Solo me preocupo por ti. Tu mano está herida y… —¡Esto no es nada! —grito, burlona—, yo no soy como los débiles humanos. Nadie te ha pedido que te preocupes por mí. —Anka —Juliette me alcanza, toma mi mano herida. La aparto con fuerza. —¿Qué te ocurre? —Nada —respondo, tajante—, no es asunto de nadie. —¿Por qué saliste corriendo? No respondo. Me marcho. Ignoro sus voces. No entienden, nadie entiende. Solo sé que nada bueno llega con un m*****o de la familia Apafí al castillo. Y sé otra cosa. —Se que esa chiquilla pelirroja vino por pedido de la hija del vizconde —murmuro, aunque nadie me escucha—, aunque lo niegues Lucien, sé que piensas en ella. La niña del bosque, leer tus pensamientos no es fácil. Tu mente siempre pone una barrera... pero lo veo. Una lágrima gruesa baja por mi mejilla, la limpio al instante, no me rendiré ante una niña humana. Llego a mi habitación. Cierro la puerta. Me dejo caer en la cama. Saco el guante blanco de debajo de la almohada. Lo tengo desde hace mucho. ——✧✿⁠💙✿⁠✧—— —Te llamas Anka, ¿verdad? Asiento, tímida, bajando la capucha. El niño frente a mí es rubio de ojos esmeralda y sonrisa fácil. —Yo me llamo Lucien —dice—. Eres la niña que fue encontrada en Grecia, ¿verdad? —Sí —musito—, en Delfos. Luego me llevaron a Moldavia. —Interesante —responde, animado—, eres la niña con visiones. Mi hermano me habló de ti. Dijo que ahora vivirás aquí —extiende la mano no la tomo, una brisa fuerte le arrebata el guante y lo atrapo al vuelo. —Toma —digo—, es tuyo. —Parece que quiere quedarse contigo —ríe—, quedatelo. Me lo regala con una sonrisa, una sonrisa que nunca olvidé. En ese momento, por primera vez, me sentí especial, no un oráculo y tampoco una herramienta, solo una niña. ——✧✿⁠💙✿⁠✧—— Aprieto el guante entre mis manos. Quería que Lucien me mirara con otros ojos. Pero los años pasaron y eso nunca pasó, desde que la familia Apafí llegó de Transilvania, todo cambió. Alguien toca la puerta. Me levanto. Ajusto las arrugas de mi vestido y abro me hago a un lado. Sabía que vendría, siempre lo hace. —¿Qué ocurre, Anka? —Si te envió la duquesa metiche, puedes irte —digo con hastío—, Juliette... —Eres casi un oráculo —responde, acercándose—, lees pensamientos, percibes emociones. Debes saber por qué vengo —toma mi mano herida. —¿A eso viniste? —Sé lo mucho que te incomodó la presencia de lady Mignonette… —No digas tonterías —replico, retirando la mano. —Tonterías son las que hace una mujer enamorada y sé perfectamente lo que tú te niegas a aceptar. —Juliette, eres tan ilusa —cruzo los brazos—, el rechazo de Jasper te hace ver cosas donde no las hay. A mí poco me importa lo que haga esa humana aquí. —Si herirme con tus palabras te hace sentir mejor, lo acepto —dice, y me regala una sonrisa triste—. Pero eso no cambiará tu situación. Sale de la habitación, cierro la puerta tras ella. Sé que tiene razón, pero no puedo admitirlo quizás cuando lo haga… ya sea demasiado tarde.
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