Puede parecer contradictorio –de hecho, no soy capaz de explicarlo–, pero al verlo en esa actitud absolutamente animal, con ese brillo en los ojos y el imperfecto rostro humano deformado por el terror, volví a considerarlo como a un igual. Un instante después, alguno de sus perseguidores lo descubriría y capturaría para ser de nuevo sometido a las terribles torturas del recinto. Bruscamente, saqué el revólver, apunté entre sus ojos aterrorizados y disparé. Al mismo tiempo, el Cerdo Hiena se abalanzó sobre él lanzando un tremendo alarido y, con gran avidez, le hincó los dientes en el cuello. La maleza silbaba y crujía a mi alrededor al paso precipitado de los Monstruos. –¡No lo mate, Prendick! –gritó Moreau–. ¡No lo mate! Vi su silueta encorvada abriéndose paso entre las frondas de

