Leobardo llegó a México al amanecer. Sintiendo el peso de su falta atorado en el pecho y la incertidumbre dibujada en el rostro abrió la puerta de su departamento, un espacio que siempre había considerado un refugio, pero que ahora no le reconfortaba para nada, pues, sin ella, le parecía vacío y frío, por eso se había ido de ahí, en primer lugar. El joven hombre dejó caer su maleta junto a la cama y se dejó caer sobre esta, mirando al techo, mientras su mente se llenaba con una sola imagen: Estrella. Agotado, Leobardo cerró los ojos y dejó que todo sobre Estrella se apoderaran de él, así, en cuestión de minutos, su cabeza y corazón estaban llenos de imágenes de la sonrisa luminosa de la rubia más bella que había visto jamás, de su brillante cabello ondeando bajo la luz del sol y de la

