Al día siguiente, la tarde se tornó gris más rápido de lo habitual. Las nubes se posaron densas sobre la mansión y, con ellas, una sensación de premonición. Ezra estaba febril. Tuvo escalofríos durante la merienda y, más tarde, se recostó sobre el sofá, envuelto en varias mantas, los ojos pequeños y parecían doloridos. Eysi lo acompañó al instante. Había preparado una infusión con miel y limón, la misma que había aprendido a través de recetas caseras, y le daba a Suky cuando presentaba signos similares. La ofreció con manos temblorosas, pero compuestas. —Bebe, cariño… —le dijo ella, con ese tono maternal que derivaba de su instinto. Ezra la miró con la boca apenas entreabierta, y asintió. Se inclinó un poco y sorbió, tragó despacio. Luego, recostó la cabeza en su regazo. Nathan se quedó

