La lluvia golpeaba con insistencia los cristales del ventanal angosto. El cuarto alquilado, con su mobiliario antiguo y paredes que olían a humedad, parecía encogerse con cada trueno que estallaba en la distancia. La lámpara de mesa lanzaba una luz trémula sobre las cobijas desparejas, donde Eysi permanecía sentada con las rodillas abrazadas contra el pecho. Sus ojos estaban secos, pero había algo más desgarrador que el llanto en su mirada perdida. Suky, sentada cerca, la observaba con impotencia. —Nunca lo vi así —murmuró Eysi, dejando escuchar el tono de su voz como un cristal resquebrajado—. Me miró... como si yo no fuera nadie. Como si todo... nunca hubiera existido. Suky no supo qué responder. La Eysi que conocía —resiliente, callada, pero fuerte— se había desmoronado. Esta nueva v

