El despacho de Luca estaba sumido en una quietud tensa. La luz cálida del atardecer se filtraba a través de las persianas, proyectando sombras largas sobre la mesa de caoba. La habitación, habitualmente impecable, estaba llena de papeles desordenados, contratos, documentos confidenciales. Luca, sentado en su silla de cuero, pasaba las páginas con lentitud, como si cada palabra le pesara más que la anterior. No leía, estaba distraído, la apatía de Nathan de los últimos días lo tenía pensativo. El ambiente pesado indicaba que una tormenta se estaba gestando, y él lo sabía. Ese día Maeba había llegado sin previo aviso. Su aparición, siempre calculada, nunca era una simple coincidencia. Él lo sabía, pero esta vez las cosas eran diferentes. Su mensaje era claro, y sus ojos, fríos y calculador

