El vendaje apenas cubría la quemadura en la mano de Eysi cuando cruzó el umbral de la oficina. El dolor era soportable, pero la incomodidad de estar allí, en ese espacio que olía a cuero, madera pulida y una tensión imprecisa, era otra cosa. Nathan no se levantó al verla. Sentado tras su escritorio de ébano, alzó la mirada lentamente. Frío, inmutable, casi indiferente. El ama de llaves le había entregado el contrato solo hasta ese momento, y al leerlo había cosas que no entendía. Ésta le sugirió ir a hablar con Nathan antes de firmarlo, y sin preguntarle si estaba dispuesta o no a ir, encargó al chofer esperarla mientras se arreglaba para llevarla, hasta dispuso estar al pendiente de Suky cuando llegara del colegio en el transporte. Fue confiada de que solo sería a discutir las cláusulas

