La nueva asistente

1051 Palabras
NISHA Salem estaba tomando el sol en una tumbona, mientras Flavia y yo disfrutábamos de la refrescante sensación del agua de la piscina en nuestra piel. —¡Marco!—, gritó Flavia con una risita, con los ojos cerrados mientras agitaba los brazos tratando de encontrarme en el agua. —¡Polo!—, le respondí, esquivándola cuando saltó en mi dirección al oír mi voz. Cuando me oyó chapotear mientras nadaba alejándome de ella, me persiguió por la piscina hasta que finalmente me alcanzó. —¡Te tengo!—, gritó emocionada, aferrándose a mí. Nos reíamos hasta que oímos a Tyla preguntarnos si queríamos limonada. Nadé hasta el borde de la piscina y ayudé a Flavia a salir del agua antes de salir yo misma. Después de haber estado en la piscina climatizada durante la última hora y media, se me puso la piel de gallina al instante y mis pez0nes se endurecieron tan pronto como mi piel entró en contacto con el aire fresco. —¡Blake!—, gritó Flavia, tropezando casi consigo misma mientras corría a darle un abrazo. —¡Hola, pequeña!—, respondió él con una amplia sonrisa, levantándola y haciéndola girar en sus brazos. —¿Les apetece a usted y al señor Herrera un poco de limonada? —preguntó Tyla, sirviéndoles a cada uno un vaso de la refrescante bebida recién exprimida. —Sí, por favor. Sandro se unió a nosotros en la parte de atrás, todavía vestido con su ropa de trabajo. Se quitó la chaqueta y la dejó en una de las tumbonas. Mis ojos se fijaron en las venas que sobresalían de sus manos y brazos mientras se arremangaba. —¿Tienes sed? —¿Eh? —Parpadeé y miré a Tyla, que me entregaba un vaso de limonada con una sonrisa en el rostro. Me sonrojé, sintiendo que definitivamente me había pillado mirando. —G-gracias. Me bebí la refrescante bebida en segundos, queriendo culpar al sol que me daba de lleno, pero sabiendo que esa no era la razón por la que sentía tanto calor. —¿Quieres un poco más?—, preguntó Tyla, con la jarra de limonada en la mano. Sentí cómo se me subían los colores a las mejillas por la vergüenza de que me hubieran pillado mirando a Sandro. —Sí, por favor. Gracias. Me sirvió otro vaso antes de entrar a preparar otra jarra de limonada. Flavia y Salem entraron para ayudarla, dejándome sola con los dos hombres en los que no había dejado de pensar desde que bailamos juntos. Me llevé el vaso a los labios, di un sorbo a la bebida y lo dejé sobre la mesita auxiliar. —¿Es nuevo?—, preguntó Blake, mirándome con mi bañador rojo brillante mientras se acercaba a mí. —Sí—. Jadeé suavemente cuando sus dedos comenzaron a jugar con el encaje de la parte inferior de mi bikini. —Me gusta—, susurró, mordiéndose el labio mientras sus ojos me recorrían una vez más. —Blake. Blake retiró la mano y miró a Sandro con el ceño fruncido. Se miraron el uno al otro y luego Blake dio un paso atrás y murmuró algo entre dientes. Dirigí mi mirada hacia Sandro cuando sus fríos ojos azules se posaron en mí. —Necesito hablar contigo—, dijo, tan estoico como siempre. —Reúnete conmigo en mi despacho antes de cenar. Asentí con la cabeza. Miré a Blake una vez más, que cogió su chaqueta y volvió a entrar en la casa. —¿Sabes qué quiere? Blake se volvió hacia mí. —No, no lo sé. Pero espero que tenga que ver con convertirte en nuestra socia, porque no creo que pueda esperar mucho más. Yo tampoco. * Llamé repetidamente a la puerta del despacho de Sandro, esperando a que respondiera. Pero no lo hizo. Así que simplemente abrí la puerta y entré. Levantó la vista de lo que estaba escribiendo y frunció el ceño. —No te he dicho que entres. —Llamé a la puerta varias veces—, protesté. —Sí, lo sé. Pero aun así no te dije que entraras. —Qué idiota—, murmuré entre dientes, sin esperar que me oyera. Dejó el bolígrafo sobre la mesa con un golpe y centró toda su atención en mí. —Esa boca tuya te va a meter en problemas algún día, Nisha. Me puse tensa. Era la primera vez que me llamaba por mi nombre. A diferencia de cómo lo hacía Blake, su voz sonaba autoritaria. Como la de un padre hablando a su hija. Nunca me ha gustado que me hablen como a una niña y Sandro parece tener la costumbre de hacerlo. Lo cual me resulta molesto y, al mismo tiempo, ligeramente excitante. Me hace preguntarme qué pasaría si dijera o hiciera algo que lo enfadara. ¿Me castigaría como a una niña también? —¿Querías hablar conmigo?—, pregunté, cambiando de tema porque empezaba a sentirme acalorada de nuevo. —Sí. Cierra la puerta. Me quedé donde estaba, cruzando los brazos sobre el pecho y esperando a que me lo pidiera amablemente. —¿No me has oído?—, preguntó, frustrado por mi desobediencia. —Sí. Solo estoy esperando a que digas "por favor". —Yo no suplico. —Entonces la puerta se queda abierta—, respondí, dejándome caer en la silla y cruzando una pierna sobre la otra. Inspiró y exhaló lentamente, como si intentara contenerse para no hacer algo de lo que podría arrepentirse. —Voy a pasar por alto eso. Esta vez. Ahora bien, me preguntaba si te gustaría trabajar para mí en mi empresa. Me senté más erguida en mi asiento, sorprendida por su oferta. —¿Un trabajo? ¿Haciendo qué? —Serás mi asistente personal. Lo que significa que me proporcionarás todo lo que pueda necesitar. —¿Como una secretaria? ¿No tienes ya una? —¿Quieres el trabajo o no?—, espetó. Dejé de lado mi actitud y acepté el hecho de que había sido lo suficientemente amable como para ofrecerme un trabajo. Puede que me sacara de quicio, pero sabía ser amable cuando quería. —Sí, lo quiero. Gracias. —Bien. Empiezas el lunes.
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