SANDRO —¡¿Cómo ha podido pasar esto?!—, grité indignado. Nadie podía darme una respuesta sólida sobre cómo se había incendiado y quemado por completo un tercio del edificio de mi empresa. —Hay pruebas de arsénico, señor Herrera—, explicó el jefe de bomberos, mientras sus hombres trabajaban para apagar el fuego y salvar lo que pudieran. Que no era mucho. ¿Para qué contraté seguridad si no van a hacer su trabajo? —¡J0der!—, maldije, agarrándome el pelo con tanta fuerza que me sorprendió no haber arrancado los gruesos y negros folículos de mi cuero cabelludo. Todos mis planos con información sobre mis nuevos productos tecnológicos habían desaparecido. Y casi la mitad de mis empleados habían perdido sus cubículos, ya que habían sucumbido al fuego. —¿Hay alguien herido o...? El jefe de

