Entre recuerdos y caricias

1166 Palabras
NISHA Tomé la aspirina que me dio Tyla y me la metí en la boca, antes de tragarla con una botella de agua. —Gracias, Tyla. —No hay problema, querida. Supongo que te lo has pasado bien. —Sí—, le respondí, con las mejillas enrojecidas al recordar cómo había bailado con Sandro y Blake la noche anterior. —¿Y tú? Flavia me ha dicho que han hecho galletas y visto películas. —Sí, así fue. Nos lo pasamos muy bien. El señor Herrera y el señor Carreras son hombres muy ocupados, así que agradecieron mucho la compañía. Son unas chicas encantadoras. —Me alegro de que la hayan pasado bien. Tyla sonrió mientras terminaba de poner la mesa con todo tipo de deliciosos alimentos para el desayuno antes de desaparecer de nuevo en la cocina con Margaret, que, según supe, era el nombre de la otra ama de llaves. Mi corazón comenzó a latir con fuerza al ver a Blake entrar en el comedor. —Buenos días. —Buenos días—, respondí, sonrojándome cuando se sentó en la silla situada justo enfrente de mí. Margaret le trajo una taza de café recién hecho y Blake le dio las gracias con una cálida sonrisa y un movimiento de cabeza. Lo observé mientras cogía la taza, con sus manos llenas de venas agarrándola con fuerza. Empecé a pensar en la forma en que sus dedos habían acariciado suavemente mis brazos la noche anterior y en lo mucho que había deseado que sus manos exploraran mi cuerpo. Y Sandro… Sandro despierta en mí un fuego diferente. Era más brusco que Blake. Me había agarrado las caderas con tanta fuerza que, cuando fui a darme una ducha, encontré unos ligeros moretones de color rosa rojizo en las caderas, donde habían estado sus manos. —¿Nisha? Parpadeé, la voz de Blake me sacó de mis pensamientos. —¿Sí? —¿Has oído lo que he dicho? —No, lo siento. ¿Qué has dicho? Sonrió y dio otro sorbo a su café antes de continuar. —Sandro tiene que irse a ocuparse de algunas cosas del trabajo. Lo que significa que ninguno de los dos estaremos aquí hasta más tarde esta noche. Así que la conversación de anoche no continuará hasta que volvamos a casa. —Ah, vale. Admito que estoy un poco decepcionada por tener que esperar un poco más. Me habían dado esperanzas y me desperté emocionada por continuar la conversación de anoche. Pero, por otra parte, convertirme en su pareja ni siquiera es algo seguro. Porque hasta que Sandro no esté de acuerdo, no puedo tenerlos y ellos no pueden tenerme a mí. —No pongas esa cara tan triste, cariño—, dice Blake, como si me leyera el pensamiento. —Sandro cambiará de opinión. Espero de verdad que tenga razón. * Estar en casa todo el día era aburrido, así que decidí llevar a Salem de compras y a Flavia al parque. Gracias a Blake, que dejó unos doscientos dólares en mi cómoda, pude divertirme un poco con mis hermanas. Y gracias a Sandro, que me dejó conducir uno de los quince coches de su garaje. Lo que hizo que desplazarnos fuera un poco más fácil. Salimos de la tienda con bolsas y bolsas de ropa para Salem, algunas para Flavia y un nuevo bañador para mí. Tenían una piscina en el patio trasero. Y como hoy hacía un día especialmente caluroso, pensaba darme un chapuzón cuando volviéramos a casa. —¡Mira!—, señaló Flavia al pasar por delante de una pequeña y bonita panadería. Nos detuvimos para mirar todos los dulces que había en el escaparate y me vino a la mente un recuerdo de cuando era más joven y mi madre y yo hacíamos todo tipo de delicias en la cocina. Siempre he soñado con tener mi propia panadería. Si no fuera por la afición de mi madre por la repostería, nunca se me habría ocurrido dedicarme a ello. Y tampoco mis padres. Querían que me hiciera cargo del negocio en algún momento, pero, por supuesto, eso nunca sucedió. Durante un tiempo después de eso, odiaba incluso poner un pie en la cocina porque siempre me recordaba lo que había perdido. Pero ya ha pasado un tiempo y mi interés por la repostería está volviendo poco a poco. —¿Podemos comprar uno?—, preguntó Flavia, con los ojos brillantes de emoción mientras miraba los cupcakes de vainilla con glaseado rosa y virutas de colores del arcoíris. —Claro—, le respondí, entregándole a Salem las llaves y sus bolsas para que las llevara al coche, que estaba aparcado en la acera al final de la calle. Flavia abrió la puerta, me cogió de la mano y entramos. Inmediatamente me invadió el delicioso aroma de los dulces recién horneados. Había mucho donde elegir. Había una gran variedad de galletas, pasteles, magdalenas, fresas cubiertas de chocolate y mucho más. —¿Qué te apetece?—, le preguntó la mujer detrás del mostrador a Flavia con una sonrisa. Flavia señaló el cupcake que quería y la mujer se lo cogió. Lo colocó en un recipiente de plástico transparente con el logotipo de la panadería y se lo entregó a Flavia sin dejar de sonreír. —¿Eso es todo por hoy?—, preguntó, mirándome. —Solo una magdalena más, por favor. Ella asintió y yo miré hacia atrás justo cuando Salem se unía a nosotras en el mostrador. Cuando la mujer terminó de poner el cupcake en el recipiente, me lo entregó y yo se lo di a Salem. Después de pagar los cupcakes, volvimos al coche y nos dirigimos al parque. Salem y yo nos sentamos en el banco mientras veíamos a Flavia correr hacia las barras de mono. —¿Puedo hablar contigo?—, preguntó Salem, volviéndose hacia mí. —Sí, ¿qué pasa? —Estaba pensando en buscar también un trabajo. Suspiré. —Salem, no tienes por qué hacerlo. Ya te he dicho que yo me encargo. —Pero quiero ayudar. Siempre estás cuidando de nosotras, y te lo agradezco, pero no quiero que sientas que es solo tu responsabilidad. —Pero es mi responsabilidad. —Ya no. Tyla me ha estado ayudando a solicitar trabajo y mañana tengo un par de entrevistas. —¿Qué? —No te enfades conmigo. Solo quería poder ayudar. Y espero que, con tu permiso, pueda conseguir un trabajo y ayudar con nuestra situación económica. Suspiré de nuevo al ver la sonrisa esperanzada en su rostro. A pesar de que no quería que mis hermanas sintieran que no podía cuidar de ellas yo misma, agradecía que Salem quisiera ayudar. Además, eso haría que encontrar un lugar propio fuera un poco más rápido. —De acuerdo. —¡Yupi!—, exclamó, abrazándome. —¡Eres la mejor hermana del mundo! Te amo. Sonreí y abracé a mi hermana. —Yo también te amo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR