En el castillo Baumann

1298 Palabras

Livia se percató de que no iban hacia el hospital cuando el auto tomó el siguiente paso a desnivel. —Franco, debo ir con mi padre —aclaró en voz baja. Quizá los regaños de su madre sobre su comportamiento llegaban tarde a su cabeza, pero algo de todo lo que solía repetir había hecho mella, sobre todo, el que jamás debía discutir abiertamente con un hombre de su posición frente a sus empleados, porque le restaría autoridad, aunque después en privado siguiera cada uno de sus deseos a pies juntillas. —Tenemos un asunto que solucionar entre tú y yo —respondió él sin mirarla. Su centro se humedeció de inmediato. Cómo era posible que con una frase tan escueta como esa, ella se imaginara todo un arsenal de juguetes sexuales a su disposición empotrados en una pared, con Franco delante, most

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