Livia detuvo un taxi al llegar a la calle y en pocos minutos estaba frente a la puerta de la casa de su amiga, mirando las vetas de madera envejecida sin atreverse a tocar. No estaba de ánimo para conversar y mucho menos para hacer confesiones, así que le dio la espalda a la puerta dispuesta a salir de allí. Pensó en que quizá un bar podía ser lo que necesitaba en realidad, pero la puerta se abrió de pronto y Clara la miró con recelo por un momento. —¿Llegaste hace mucho? —preguntó a su amiga sujetándola de la mano y arrastrándola hacia las gradas del siguiente piso que estaba a pocos metros de su puerta. Livia negó—. Tu jefe llamó…, Baumann —aclaró como si fuese necesario. Su sonrisa fue breve, pero sabía que debía darle algo a cambio si no la quería en modo mamá impertinente. —Regres

