— Ursula haría cualquier cosa por mí. — — ¡Déjame en paz! ¡Coño! — Me levanté y me fui al servicio. Al volver, los tres estaban en la mesa. El silencio se podía cortar. Algo tramaban. AL salir del bar, Diana se acercó a mi oreja y me dijo. — Mañana te espero a las seis de la tarde en este mismo bar, si no vienes… te entregaré los calzoncillos de tu marido. — No pensaba ir y cuando las dos salieron a las cinco y media para dar una vuelta. Diana me miró, yo aparté mi cara orgullosa. Al despertarse “Willy”, como lo llamaban las dos chicas, de la siesta, preguntó por las dos y le dije que se habían ido a dar una vuelta. Luego, más tarde sonó el móvil de mi marido. No hablaba mucho. Sólo escuchaba. Evidentemente, hablaba con ellas. — Tengo que ir a solucionarles un problema a las chicas. Se l

