Unas lágrimas se deslizaron por las mejillas de Silvia. Todo su cuerpo
temblaba. El gran vacío del centro de su alma se extendía para abrazar
el calor y la vida del lejano pasado.
El estruendo de un trueno dispersó la visión. Volvía a estar sola en el
oscuro de sus pensamientos. Y en el breve segundo de iluminación, vio la
cúpula del Templo y los inexorables muros de la fortaleza.
— ¿Dónde estas? Musitó tristemente
— ¿Aquí... o allí? Dónde.
Un período de tiempo transcurrió mientras Silvia
permanecía paralizada junto a la cama. Se hallaba perdida en un laberinto de preguntas a las cuales no encontraba respuestas. No había
soluciones a los problemas que su mente planteaba, sólo más y más
rompecabezas.
Tras ver el vacío que era su vida, Silvia se preguntaba qué era lo que la había conducido a este increíble momento,
cuestionándose de repente toda su existencia.
— Silvia despierta que te pasa. Perla preocupada la agarra por los hombros y la mueve con desesperación.
— Silvia me estás escuchando.
Silvia estaba en un trance profundo no podía salir de allí. La oscuridad había cambiado a su alrededor. El aire
era otro, y ella intuyó que había algo distinto. Un extraño presentimiento la hizo volverse. Cuando escuchó una voz lejana que la llamaba, pero no presto atención. Siguió en la oscuridad, y observaba como una puerta se abría y allí está el aquel hombre, que no podía verle el rostro. Estaba allí de pie sin moverse, sin hablar.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Silvia, y ella se estremeció involuntariamente. Sus ojos estaban dilatados, su boca, ligeramente
abierta. Una intuición desconocida la hizo sentirse de golpe extrañamente temerosa.
Algo había sucedido.
— Carlos.., Musitó.
En aquel instante, Silvia supo el motivo de su miedo. Y, cuando vio
sus ojos, gritó.
— Selva... —dijo suave.
Cuando dio un paso hacia ella, Silvia retrocedió, no sabías que hacer, no podía ser real aquello.
— ¿Por qué me tienes miedo, Selva?
—Yo... Yo no me llamo Selva, soy Silvia. Y ahora, tras la impresión inicial, su miedo se transformaba en angustia dónde estaba.
— Cómo puedes tenerme miedo, Selva después de todo este tiempo, que pasamos juntos. Selva...
Silvia vio que el extendió ambas manos, y ella volvió a retroceder.
— ¿No sabes quién soy?
— ¿Quién... eres?
— Soy Carlos. Dijo con una sonrisa tranquilizadora.
— ¡No! Exclamó Silvia, sacudiendo violentamente la cabeza.
¡No sé quién eres!
— Soy yo Carlos, que te pasa.
— ¿Dónde estoy?
— ¿Selva? Pero si estás en casa. Nunca has dejado de esta aquí...
— ¡Oh, Dios! Gimió Silvia. Y brotaron lágrimas en sus ojos que hicieron
que la imagen se le nublara.
— Quiero irme de aquí, Oh Dios, ¿qué ha pasado?
La expresión de Carlos pasó a ser de preocupación.
— Por favor, no deseo asustarte. No te apartes de mí, Selva. Te
necesito.
— Oh, Dios mío, quiero despertar ya.
Mientras le caían las lágrimas, luchó contra los sollozos.
—. ¿Qué... te esta pasado selva?
El se detuvo un momento, indeciso, luego dijo.
— Que te está pasando amor.
Silvia continuó mirando con ojos espantados al hombre que se hallaba
ante ella, confiaba despertarse de la pesadilla de un momento a otro.
Silvia miraba a su alrededor boquiabierta con incredulidad, era todo diferente, pero estaba allí, en un tiempo, en un lugar diferente.
Ella volvió a alzar los ojos hacia él y vio una dulce y triste sonrisa en
su rostro. Toda su actitud, todo su ser parecían disculparse, pedir que la
perdonara y ser aceptada.
Y cuando lo vio sus ojos lleno de amor, Silvia sintió su corazón volar hacia él.
— Te tengo miedo. Dijo al final.
— Pues no debes tenerlo. Yo nunca te haría daño.
— No sé quién eres. No sé qué pasa. Y
eso me asusta.
Las pesadillas y las lágrimas y los tormentos eran los dolores de todo lo que había pasado. Era necesario que ella sufriera todo eso con el fin de que volviera a nacer.
Ella le observó más atentamente por un momento, luego con cautela.
Cuidadosamente se acercó al el para ver si era real.
— Silvia... Silvia...
Perla la llamaba de nuevo hasta que decidió, darle una bofetada y entonces Silvia reaccionó. Al ver el rostro de angustia de su amiga dice.
— Fue una pesadilla.
— Pesadilla, estabas en trance cuando llegue, mirabas a la nada perdida en ti.
— En serio.
— Amiga tienes problemas muy graves.
— Por Dios, y ya estamos por viajar para ver a la doctora.
— Ella te dijo que iría contigo, será que te trata en el viaje
— Perla hablé estando en trance.
— Lo único que decías era el nombre de alguien creo que Carlos.
— Un Carlos.
— Si ese era lo que decías, pero me distes miedo amiga verte así, pensé que podías morir allí.
— Es algo extraño, porque lo viví estuve allí sentí que esa persona llamada Carlos me hablaba me decía un nombre pero no recuerdo.
— Silvia a mí se me da desde que llegaron esos manuscrito, tu mundo se volvió una caos, bueno ya era un caos antes.
— Como voy a superar esto.
— Solo hay una cosa enfrentar tus miedos.
— Miedos Perla, mira como me pongo en trance y no se dónde estoy cunado me sumerjo en esos sueños o pesadillas.
— Bueno vas a tener que descansar porque mañana viajamos.
— Pero no ere el lunes.
— Hubo un cambio al última hora así que ya olvida lo que pasó y a ponernos a acomodar todo.
— Tendré que llamar a la doctora.
— Bueno te cuento que ya la llamé y le dije que mañana salimos a la selva, el guía dice que el lunes por la mañana estamos en la zona para el rodaje.
— Vaya que tienes todo preparado.
— Bueno no todo, jejejeje faltó por arreglas algunas cosas.
Para Silvia recordar aquello, le dió un escalofrío sabía que eso había sido real, pero como o se estaría volviendo loca. Y comenzó a recordar algunas frases extrañas
“Aquí está el tesoro más preciado por mi vida, la gema más hermosa de mi mundo. En el más allá, es valorada por la muerte.”
Aquello era algo irreal, solo de pensar que tal vez allá estado en el cuerpo de otra persona, se le puso la carne de gallina. Y cuando volví a quedarse sola, el miedo la alcanzó.
Todo estaba oscuro a su alrededor tenía miedo, solo eran pasillos interminable que ella caminaba, solo veía la oscuridad, cuando ya no pudo más Silvia despertó de ese trance que a veces le dejaba un vacío profundo. Solo recordaba retazos de aquella vida pasada y no quería saber nada. Pero de pronto en sus pensamientos se formuló un recuerdo vivido. y se vio en un lugar.
Ella comenzó a llorar a con el corazón en un puño, y a su abuelo se le partió el alma; el ver cómo la encadenaban para ser una esclava sería lo más horrible que viera jamás. Selva lloró y lloró mientras los hombres la llevaban lejos de los límites de la selva, y asumió que no volvería a ver a su tierra jamás. Por mucho tiempo, sus pensamientos fueron recuerdos hermosos de aquel lugar, de su gente, pues al lugar a dónde iba era muy diferente del que ella provenía.
Que era lo que ocultaba esa vida que no estaba volviendo la, paranoica no quería creer que todo eso fuera por un pasado, una vida de siglos, que no podía olvidar que le estaba ocurriendo, porque aquello con ella.
Se preguntaba mil veces o sería que la locura estaba detrás de ella.