El soldado español.

1071 Palabras
Una vasta pradera de colores verdes y azules cuyos pastizales al moverse con el viento simulaban el movimiento de olas, cual si fueran las olas de un mar inmenso, echó el último vistazo hacia atrás al salir del bosque, seguía con la sensación de haber olvidado algo, después de revisar una vez más su vestimenta decidió seguir adelante, en el horizonte lejano apenas y se distinguía un conjunto de montañas, siguió caminando sin alejarse de la orilla del río, después de todo era su guía y fuente de alimentos, el viento siseaba, cual si fuera el ruido que hacen las serpientes de cascabel al agitar su cola, y esto hacía que fuera atento a cualquier movimiento y no se confiara, ya que recordaba lo doloroso que es una mordedura de cascabel, porque ya alguna vez había sido mordido, conforme avanzaba las cosas cambiaban y la vegetación también, empezaron a notarse algunos cambios en el terraplén, iban apareciendo cactus, colinas y algunos arbustos desconocidos para él con pequeñas flores, el Sol inició su descenso en el horizonte y el caminante, aunque ya llevaba muchas horas andadas no se sentía cansado, y aún le faltaba mucho para alcanzar aquellas lejanas montañas. -Tal vez es la sierrita de Monterrey. Pensó descartando completamente los vastos llanos de Texas y Tamaulipas, y mientras caminaba, algo tirado en el camino llamó su atención, como si fuera una piedra, pero algo le brillaba, se agachó para tomarla en sus manos y al sacudirla se dio cuenta que no era una piedra, más bien era un casco viejo que alguien había dejado cerca del río. -¡Diablos! Por su forma es el casco de un conquistador español. Pensó y al sacudirlo para limpiar su interior y echar un vistazo, un cráneo humano ya desecado por el tiempo salió de él cayendo al piso. -¡Diablos y demonios! Ahora sí que me dio miedo, alguien dejó este casco por aquí pero con todo y cabeza. Dijo y se puso de pie para mirar a su alrededor y buscar la espada que seguramente aquél soldado español traía consigo, antes de que lo decapitaran y cerca de ahí entre los pastizales, encontró el resto de la armadura y sí, era el complemento del casco, y de la espada tan solo quedaba el mango con la hoja muy oxidada y muy corta, ya que al parecer el que le había cortado la cabeza al español, tal vez en un duelo de espadas se la había roto, después de apreciar un poco más los detalles de la armadura, la acomodó lo mejor que pudo, tomando el cráneo desecado lo introdujo al casco acomodándolo, y después de cubrirlo de piedras que encontró a la orilla del rio, como una forma de darle cristiana sepultura al estilo del viejo oeste norteamericano, se retiró de ahí, después de caminar un poco se acercó a la orilla del río para beber algo de agua y ésta vez vio algo que se movía entre las piedras; ¡Eran pececillos de colores! -¡Vaya! –dijo animado. -Al menos ya no estoy tan sólo; ¡Como sea! Ya no tarda en meterse el Sol y debo de buscar donde pasar la noche. Mientras colocaba piedras tratando de imitar la forma del primer refugio, que se había construido a la orilla del río, al querer retirar una piedra semi hundida de tamaño regular del cauce, notó que el agua brincaba sobre de ella, pero de una manera que le pareció extraña, observó la corriente desde varios ángulos y cayó en la cuenta de que las aguas parecían ir hacia las montañas y no venir de ellas, después de varias pruebas, dijo: -Debe de ser un efecto óptico producto del desnivel del terreno. Y encogiendo los hombros después de observar el terreno desde todos los ángulos posibles, continuó con la construcción de otro improvisado refugio, después de observar un hermoso atardecer encendió su celular, y éste inició su rutinario protocolo de búsqueda de señal, y una vez más hizo un gesto de fastidio, al aparecer el comando de sin servicio que tanto le molestaba, el celular indicaba las 3:00 y desalentado lo apagó, este seguía pendiendo de una cuerda en su cuello, lo volvió a encender con la intención de cambiar la hora a las 19:00, que era la hora más o menos coincidente con el atardecer, pero decidió esperar hasta entender lo que pasaba, al sentir nuevamente una brisa fría que parecía venir del Sur para dirigirse hacia las montañas, bueno en caso de que aquellas montañas estuvieran al Norte, con ayuda de su hacha de contra incendio cortó algunas ramas a restos de árboles que arrastraba el río, y que habían encallado en las orillas y se dispuso a encender una fogata, ya no temía a los minute-man porque estaba seguro de no encontrarse en Texas; (Aunque tampoco en México) acomodó los palos cortados con el hacha y fácilmente la encendió con la ayuda de su encendedor, aprovechó para encender su quinto cigarrillo y su acostumbrada media sonrisa apareció en su rostro al recordar sus tiempos de lobato en los boy scouts, cuando le habían enseñado como encender fuego frotando 2 palos. (Algo que nunca había logrado, por supuesto) Ya con la fogata encendida en firme se recostó mirando hacia el cielo, en ocasiones así le agradaba mirar la noche en busca de luces que se movían, en ese momento después de mucho observar notó algo en las estrellas nacientes que lo asombró. -¡Que me rapen! –Exclamó en voz alta. -¡Ahora sí que me dio miedo! ¿Dónde está el cinturón de Orión? ¡Y Casiopea, las osas y el toro! Miraba y miraba al cielo y no lograba reconocer ninguna de las constelaciones que veía, dando vueltas en el suelo tratando de enfocar desde todos los ángulos, para localizar e identificar a alguna y al no encontrar nada parecido al cielo que conocía, guardó silencio por unos momentos, había una estrella más grande que las demás, cual si fuera una Luna pequeña que avanzaba rápidamente por el cielo estrellado, la siguió con la mirada tratando de encontrar una respuesta a las miles de preguntas que le llegaban a su mente, después de unos minutos más de escudriñar al cielo inútilmente palpó en la bolsa navajera de su overol buscando su armónica y la colocó en su boca sin atreverse a soplarla.
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