El Bosque de los Murmullos.

1068 Palabras
-¡La carretera! Dijo mientras reía eufórico y sin perder el ritmo mantuvo el paso, aquella línea oscura comenzaba a verse verde y alta. -¡Vaya! –pensó. -Parece un bosque, al menos me parece un mejor sitio para morir que este méndigo desierto de Burgos. Cuando el Sol apenas rozaba su nido en el horizonte, alcanzaba los primeros trazos de una vereda que entre hierbas se dirigía al bosque, volteó para ver el camino andado y levantó una mano como despidiéndose, burlándose de aquél desierto que no lo había podido vencer, y caminó hacia aquellos grandes árboles que parecían una muralla, el Sol se había perdido ya en el poniente y aprovechó sus últimos destellos para orientarse, extrañado por la presencia de aquellos frondosos árboles que nunca había visto en aquella región, a pesar de llevar ya varios años trabajando en la zona, pensaba mientras avanzaba. -¿Un bosque en el Norte de México? ¡Que me escalpen si en alguna parte de la frontera con Texas existen bosques! Estoy empezando a creer que me equivoqué de punto cardinal y caminé hacia el Sur, pero ni aun así es posible, éste bosque tendría que existir en la sierra Madre Oriental, tal vez en los límites de Tamaulipas y San Luís Potosí y si así fuera, tendría que haber recorrido por lo menos 600 kilómetros en las 20 y tantas horas que llevo caminando, imposible hasta para el mejor de los caballos, además; ¿Dónde está la sierra o por lo menos las montañas? Al ver más de cerca aquellos árboles que parecían acomodarse para no dejarlo pasar, esbozó su acostumbrada media sonrisa, y con su hacha en mano se abrió paso entre la maleza, cansado y con hambre, pensó: -Esto está más desierto que mí estómago. Y se internó en aquél imponente bosque, las altas copas y las penumbras reinantes no le permitían ver ni un pedacito de cielo, su estómago le exigía alimento y sus ampollas ya reían a carcajadas, su mano le dolía terriblemente mientras caminaba internándose cada vez más y más en aquél tétrico y oscuro paisaje, a lo lejos entre los árboles comenzó a percibir un leve siseo que paso a paso se convirtió en barullo, hasta que escuchó el tono exacto de la música que tocan las piedras cuando son acariciadas por las aguas de un río, apresuró el paso emocionado ante la posibilidad de por lo menos encontrar agua, para quitarse la sed en aquél misterioso bosque perdido en donde nada se escuchaba, ni el canto de los grillos o el croar de las ranas, el sonido del agua corriendo por el cauce de un río, le pareció la más hermosa música clásica tocada por la mejor orquesta del mundo, que ambientaba perfectamente el fondo musical de aquella aventura, que varias veces pensó que sería la última de su vida, el olor a agua fresca estalló en su nariz y sus sedientos ojos se humedecieron con la emoción, al ver un pequeño arroyo que pasaba por entre los troncos de aquellos grandes árboles a unos 20 metros de distancia, el agua corriendo asemejaba un baile de cadenas de plata iluminada por los rayos de la Luna, que se colaban por entre las copas de los árboles y corrió, ya sin importarle perder el ritmo administrado que había mantenido todo el día, aunque nunca llegó a donde esperaba había encontrado agua, en su descontrolada carrera trastabilló al tropezar con algo pero hábilmente recompuso su paso, alcanzando por fin aquél arroyuelo, donde bebió y se lavó la cara, remojando el dorso quemado de su mano izquierda, se echó agua en los hombros y el pecho, que de no haber sido porque le caló el frío de la brisa que se movía entre los árboles, de buena gana hubiera tomado un baño ahí mismo, con cuidado se retiró las botas para darles un inmerecido baño a sus burlonas ampollas, aunque el agua estaba fría, la caricia que le dio a sus pies le pareció termal, mientras se recostaba en una piedra plana del río que parecía un diván, una leve somnolencia comenzó a invadirlo y reaccionó escudriñando a su alrededor como buscando un refugio, una cueva o algo que lo protegiera de la brisa fría que calaba cada vez más, se puso de pie descalzo, buscando en la oscuridad sin alcanzar a ver más allá de 3 metros, buscó en el pendiente de su cuello su celular y lo encendió, la débil luz que salía de la pantallita digital, le fue de gran utilidad en aquella oscuridad casi total, ayudándole a iluminar su entorno y caminando despacio encontró una bola grande en el suelo, como una gran piedra redonda que algo o alguien había movido de su sitio, estando alerta la movió un poco con su pie descalzo, arrepintiéndose de haberlo hecho así, ya que recordó que no traía puestas sus botas de seguridad, la movió con la mano sin dejar de iluminarla con el celular, como esperando que algún animal o algo saliera de debajo de aquella extraña piedra redonda que no le parecía tan pesada, nada sucedió y la tomó entre sus manos, pesaba unos 5 kilos, la cargó ayudándose con su abdomen y su brazo derecho, la estudió, iluminándola. -Pues… si no parecieras una pelota de basquetbol juraría que eres una sandía; ¡Redonda pero al fin sandia! Dijo para sí mismo como hablándole a la cosa, con ella entre panza y pecho, apagó el celular y metiéndolo al bolsillo del overol, se dirigió a la parte más iluminada de aquella área, la orilla del riachuelo donde las cadenas de plata seguían ejecutando su precioso baile, se sentó en la piedra diván y sacó de su funda la navaja plegable 07, para con cuidado cortar un burdo triangulito de aquella extraña pelota verdosa y la olfateó; ¡Si era una sandía! Redonda pero al fin sandia, esbozando su acostumbrada media sonrisa comenzó a rebanarla y devorarla. -¡Chin! –pensó. -Con que gusto cambiaría mi hacha por una cuchara, pero ni modo. Y Cuando al fin terminó un poco más de la mitad de aquella sandia redonda, la colocó a un costado de la piedra diván y se recostó, le pareció tan cómodo aquel improvisado camastro natural, que si no hubiera sido por la fría brisa que corría entre los árboles, se hubiera quedado dormido ahí mismo.
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