Narra Alessandro. Una semana después. —¡Estás despedido! —le digo al chico que está sentado al otro lado del escritorio. Permanezco de pie y no puedo dejar de dar vueltas de un lado a otro de la oficina. Edgar me amonesta con la mirada, pero lo ignoro. Se levanta del asiento. —Jonathan, ¿verdad? —le dice al chico, asegurándose de que se llama así. El chico asiente sin atreverse a pronunciar palabra. Está rojo como un tomate y tiene la cara desencajada—. ¿Por qué no sales un momento fuera mientras yo hablo con el señor Miller? —Ssssi, sí, sí… —tartamudea. —Bien —le dice Edgar con voz calmada. El chico se incorpora de la silla y sale de mi oficina con paso titubeante. —¡¿Qué mierda te pasa?! —me increpa mi amigo. —Nada —respondo tajante, girándome hacia los ventanales. —¿Nada? Pues

