El chófer que contrato Alessandro nos deja en la misma puerta del hotel donde es el evento a eso de las nueve en punto de la noche. Van a dar un cóctel a esa hora y luego a las diez se servirá la cena. Subo las enormes escaleras de piedra que llevan hasta la entrada del salon aferrada al brazo de Alessandro. No he andado nunca con zapatos de tacón, mucho menos tan vertiginosos como los de hoy, y temo caerme y abrirme la crisma. Por nada del mundo me gustaría manchar de sangre el inmaculado y costosísimo vestido de Versace. Sería todo un despropósito. Nada más de traspasar el umbral de las oscuras puertas de madera, viene a recibirnos un hombre con el cabello castaño, con hebras plateadas en las sienes y vestido con un impecable chaqué n***o. —Bienvenidos, señores —dice en tono formal.

