Gabriel
“Hay san Miguel que se calme está mujer.
San marquitos, que se duerma mi amiguito.
San Aron que yo salga invicto de aquí hoy.
Santa Catalina quítame estás ideas de encima.
Santa Barbara deja que yo me vaya”.
Quite el cojín de al medio de mis pantalones, aunque debería dejarlo ahí, o de lo contrario la señorita Eva se dará cuenta que tengo mi polla grande, y lo peor que duele y duele por ella.
Me puse de pie, tome aire y respire profundo, debo calmarme, pero quien se calma con esta mujer de frente y lo peor así, “YA APIADATE DE MI SEÑOR ”
Diosito no seas malo, tu sabes que yo deseo a esta mujer con todas las fuerzas de mi ser, y tú decides ponerme a prueba, sabes que soy hombre y que si ella me sigue tentado de esta manera yo correré peligro, o en mi defensa, mi amiguito se correrá en mis pantalones, ayúdame un poquito, no seas malo conmigo, mira que yo voy a misa todos los domingos.
Caminé hasta donde estaba mi Diosa, la señorita Eva… Quise alzar mis manos y llevarla a su hermosa y bella espalda, mis piernas tiemblan, mis manos tiemblan y mi polla quiere salirse de mis pantalones, ¿Acaso estás en mi contra Diosito?
Creo que hoy todo mi cuerpo me traiciona, o mejor dicho hoy todo está en mi contra, ¿Cómo se me ocurre desmayarme ante tanta belleza, debí parecer un maldito idiota ante ella.
Bueno es que como se le ocurre a la señorita Eva tomarme por sorpresa y quitarse la toalla dejándome ver todo su cuerpo desnudo. Si lo admito muchas veces he soñado con verla desnuda sobre mis brazos. Pero nunca pensé que lo que para mí fuera un sueño se hiciera realidad, aunque no de la mejor manera.
¿Acaso ella piensa que soy de palo?, que soy una piedra que no siente, que no suspira y sonríe por ella. Definitivamente si salgo hoy vivo de aquí me tendré que bañar con agua helada por lo menos por tres meses seguidos.
—¡Qué esperas Gabriel!, sube rápido el broche, sabes que no tenemos todo el día —dijo ella con su dulce y melodiosa voz sacándome de mis pensamientos, creo que estoy pensando demasiado.
—Voy señorita Eva —dije.
Tome aire, tome valor, soy un hombre, yo puedo, claro que puedo, «NO VOY A PODER ». Alze mis manos y las lleve casi hasta su trasero, justo dónde empezaba el bendito broche de su vestido, ¿Acaso puede haber una peor tortura?
Alce mi vista intentando colocar mis pensamientos en el bendito unicornio que quiere Sophia, ¿Pero quién piensa en un unicornio cuando tiene a una mujer casi desnuda ante sus ojos?, sí, solo yo.
—Gabriel —dijo ella una vez más, debo parecer el hombre más idiota sobre la faz de la tierra ante ella. No quiero decir que nunca he estado con una mujer, no, he tenido mis historias, Pero nadie como ella, ella es un sueño, un sueño que se que nunca se va a cumplir, una estrella fugaz en el firmamento, una que solo la puedes ver y no tocar.
—Voy señorita Eva —respondí.
Mis manos temblaban, al momento de tomar el broche y empezar a subir lentamente por su hermosa espalda.
Mi mano rozaba lentamente su espalda ocasionando que una fuerte corriente pasará por todo mi cuerpo. Si no fuera porque sé que estoy vivo diría que me descompuse tal y como se descompuso la muñeca de cuerda de Sophia.
Gabriel, reacciona debes de parecer un idiota, si sigues actuando de esta manera lo único que vas a lograr es que la señorita Eva te despida.
—¿Cómo me queda? —dijo ella colocándose las manos en su cintura. Me quedé viéndola como un maldito depravado. Pero ¿Cómo se le ocurre a ella colocarse un vestido rojo que deja ver toda su hermosa figura?— ¡Gabriel!, te estoy hablando, ¿Cómo me queda? —dijo una vez sacándome de mis pensamientos.
—¡Perfecto! —exclame.
—Entonces este será para hoy —dijo ella sonriente.
Asentí como un idiota, el idiota que suspira y babea solo por ella. No sé cómo pude contenerme para no saltar como un lobo encima de ella con cada vestido que se puso enfrente de mí, afortunadamente se cambió en el baño, o de lo contrario ya sería hombre muerto.
Después de hacerle un delicioso y nutritivo desayuno tal y como se lo hice a mi pequeña Sophia, ella se fue a cepillarse los dientes.
Caminé para divisar la hermosa vista de este penthouse por el enorme ventanal, definitivamente es hermoso ver cómo la nieve empieza a caer, ver cómo los niños empiezan hacer sus muñecos de nieve, hacen que mi corazón se estruje de nostalgia, aún añoro que mi hermana y mi padre estuvieran con nosotros, a nuestro lado.
Sé que estás fechas para mí madre son tristes, y aunque sé que tenemos a Sophia para soportar la falta que nos hace ellos… ellos todavía siguen haciendo falta, así sigan presentes en nuestros corazones.
Llevé otro sorbo de chocolate caliente con masmelos a mi boca, debo admitir que no me gustaban, pero mi pequeña Sophia me enseñó a comerlos, así que ahora siempre lo tomó.
—¡Listo Gabriel!, ¡Vamos! —dijo la señorita Eva sacándome de mis pensamientos, me giré y no pude evitar tragar saliva, o en mi defecto tragarme un masmelo al ver lo hermosa que estaba.
Empecé a toser como si fuera un viejito de 90 años dejando caer lo que me quedaba de chocolate a la alfombra de millones de dólares, bueno es que no hace falta ser genio para no saber que la alfombra vale más que la bicicleta que tengo para darle a mi pequeña Sophia.
—¡Gabriel!, ¡Gabriel!, voy a llamar a una ambulancia —dijo ella.
—No hace falta señorita Eva, ya estoy bien, solo me trague un masmelo entero. —Me puse bien de pie, y no pude evitar sentirme como un verdadero idiota al ver el rostro de susto de la señorita Eva.
—¡Gabriel!, creo que es mejor que se vaya a descansar —dijo ella con sus manos sobre mi espalda, si ella supiera lo que está ocasionando definitivamente quitaría sus manos de encima de mi.
—No hace falta señorita Eva, estoy mejor. ¡Señorita Eva!, creo que ese vestido no es el apropiado para salir hoy —dije recordando que está empezando a nevar.
La miré y vi como rodó sus ojos y por poco y me lanza por la ventana.
—Gabriel, ¿Acaso usted sabe todo lo que conlleva cambiarme de vestido, el maquillaje, los zapatos, las joyas?, definitivamente no, ¿Cierto? —Negué repetidas veces, definitivamente no se nada de nada, caminé detrás de ella como un niño de diez al cuál lo acaban de regañar.
—¡Señorita Eva! Y la alfombra —dije recordando el desastre que causé hace apenas unos minutos.
—¡Deja la alfombra quieta!, no tenemos tiempo —respondió ella.
—¡Señorita Eva!
—¡Que Gabriel!, ¿Acaso no ves que no tenemos tiempo?
—Puedo venir mañana a limpiar su alfombra
—Gabriel mañana es domingo, y la gente normal duerme hasta tarde —dijo ella sacando las llaves de su auto.
—Señorita Eva le prometo que no hago ruido, por favor déjeme al menos limpiar mi desastre. Serle fiel a usted es una parte fundamental de mi trabajo.