A medida que cada botón cedía, una pulgada más de su pálida piel quedaba expuesta al aire fresco y al calor de su mirada. No solo la desnudó; adoró el territorio revelado de su cuerpo. Con cada vez más piel cremosa e impecable expuesta, inclinó la cabeza y presionó sus labios contra su columna vertebral: un beso lento, con la boca abierta, que la hizo temblar. Sus labios eran suaves, su perilla una leve y deliciosa abrasión contra su piel pálida. Ay, Dios mío... Los pensamientos de Madeline eran un mar de incoherencias. Esto es... esto es mucho más... Esta no era la frenética y desesperada conexión de la noche anterior. Esta era una seducción lenta y deliberada. Su silenciosa intensidad la estaba desgarrando por completo. No se imaginaba que alguien como él, tan grande y masculino, pudier

